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viernes, 7 de diciembre de 2012

HUBO UNA VEZ UNA PROMESA

LA DANZA DE LOS ENAMORADOS (WEB)
        Avanzaba el día, los perros ladraban correteando por el patio trasero, los jazmines en flor perfumaban el jardín, y  dos mujeres conversaban  en la cocina de su casa, mientras tomaban el café de la tarde recién colado.
       -No puedo, Mabuela, no puedo hacer eso que me pide.
       -Pero, mija ¿Qué le cuesta?
       -Es mi vida, vieja, es mi vida ¿Acaso no se da cuenta?
       -Ya lo se, niña. Yo entiendo…
      -¡No, señora, usted no comprende! Yo no puedo casarme con un hombre que no conozco, es más, que ni siquiera he visto en mi vida ni por fotos, y sólo porque el abuelo hizo una promesa hace ya un pocote de años. Eso parece de novela, como de cuentos, pues.
      -El compadre Emeterio le salvó la vida al viejo…
     -Eso está muy bien ¡Maravilloso! ¿Pero, a cuenta de qué tengo yo que dar la mía, ah?
     -No exagere, niña. Usted no va a dar su vida, usted va a compartirla con el nieto de Emeterio… ‘Si usted lo viera! Es buenmozo, el muchacho! Bueno, yo lo vi pequeño, pero debe seguir igual.
    -¡Eso a mí no me importa! No lo quiero, no lo conozco. Ni usted ni el abuelo pueden disponer de mi vida como si fuera un coroto. Eso no lo acepto, viejita, disculpe, pero eso no puede ser.
     -Mija, el viejo está enfermo…
    -No, abuela, no empiece otra vez. Usted sabe bien que el abuelo a veces exagera. El mismo me ha contado, desde pequeña, de las tretas de que se valía para conseguir lo que quería. Ya me contó que perdió la cuenta de las pataletas simuladas que le dieron...
     -Eso no es así como usted dice, Rosalía. Algunas eran de verdad, verdad – la interrumpió la doña.
     -Bueno, sean verdaderas o no, yo no me meto con alguien a quien no quiera. Así que me hace el favor y se lo va diciendo al viejo.¡Perdone que le hable así, viejita, pero tengo que ser franca con usted.
     Y diciendo esto la muchacha dio media vuelta y salió al patio trasero de la cocina.
Allí dejó la escoba con que un rato antes barría el piso de cemento. Se dirigió al corral, enfurruñada y se sentó junto al limonero en flor. El aroma de los azahares impregnaba la brisa vespertina. Aspiró el perfume. Necesitaba  pensar. “Lo que la abuela no sabe es que yo “pertenezco” a otro hombre”, se dijo, convencida.
     Lo llevaba dentro de ella como a su propio corazón, como a sus entrañas. Policarpo formaba parte de ella desde el día en el que se le entregó. “No me engatusó. Fui con él porque sentí que desde el primer momento tenía que ser mío, no de Margarita ni de Juana, las de El Tamboril, en San Andrés. Ellas, como yo, también le echaban el ojo a mi Poli”. Reflexionó, pensativa y se transportó en el recuerdo.
     El joven tenía un hermoso cuerpo. Era musculoso, suave, liso. No como los protagonistas de las películas o las telenovelas que ella veía con la abuela, demasiado blancos. No. Poli era moreno con bonitos ojos achinados y penetrantes. A veces, hasta un poquito fríos por lo altanero. Su fuerza iba pareja a su apasionamiento, a su virilidad. Y, por si fuera poco, se reía con ganas hasta frente a las dificultades. ¡Uf! ¡Cómo le gustaba el condenado!
     Se habían visto varias veces en Semana Santa, cuando fue San Andrés a pasarse los días santos con la tía Hermelinda y las primas.
     Estaban todas en la Plaza Bolívar, esperando la procesión de Jesús en el Huerto, cuando irrumpió sonriente Policarpo. Tras saludar con gestos de galán de pueblo al que hacía honor, dijo:
     Conozco las flores de mi jardín, pero no las de mi vecino, igualmente hermosas.
     -¡Ay, ay, ay, chamo, no seas cursi –dijo riendo Elenita- es mi prima Rosalía. Conócela, pues.
       -¡Hola! Soy Policarpo González – dijo el muchacho, extendiéndole la mano a la muchacha. Ella contestó el saludo, mirándole a los ojos para luego bajarlos con rapidez. El chico, confundido, sólo atinó a decir:
       -Las invito al cine, después de la procesión, muchachas…
       -¡SIIIIIIIIIIII! Corearon todas.
     -Esperen, esperen –dijo él- esto no se queda así. Otro día me invitan ustedes al sancocho de pescado que Rosita hace tan bien. Y tú, Rosalía, haces el dulce… (y… le guiñó el ojo).
     La picada de ojos fue definitiva, como definitiva también fue la agarrada de manos en el cine, que él atrapó y no soltó, cuando Rosalía le dio las cotufas, luego de varios intentos fallidos anteriores al pasarle las chuchería. El contacto tibio y húmedo de la mano del muchacho le hicieron cambiar de idea  a la chica, quien dejó la suya quieta entre la de él. Al rato, una suave presión aceleró el ritmo de su corazón. Entonces ella no pudo ya concentrarse en la película.
       Quedaron en verse nuevamente, y así lo hicieron el Sábado de Gloria, cuando sus primas lo invitaron a almorzar como habían acordado. Luego, ella volvió  a su  cotidianidad. Sin embargo, cualquier pretexto servía a Rosalía para ir a pasarse unos días en casa de las primas. Se sucedieron los fines de semana, el cumpleaños de la tía Hermelinda y las ferias de San Andrés, y a ninguna faltó la muchacha. Varias veces había insistido Policarpo en visitarla, pero ella siempre inventaba una excusa para que no fuera. Presentía los obstáculos que pondría el abuelo a su relación, pues le había anunciado ya varias veces que le tenían un candidato como marido.
      Un buen día, mientras preparaban el almuerzo, la abuela empezó a rezongar y a desaprobar  la "visitadera" que tenía la nieta donde las primas.
     -Mire, mijita ¿Qué varilla es esa de estar yendo tanto donde las hijas de Josefita? Antes, que yo recuerde, costaba un mundo convencerla para que fuera donde ellas, y ahora, por quítame estas pajas usted  está allá metida. Eso no me está gustando nada, nadita.
     La señora movía de un lado al otro la cabeza, mientras sazonaba y probaba las caraotas.
     -¡Ay, Mabuela! Yo soy quien no la entiende a usted. Antes me regañaba para que fuera y ahora me regaña porque voy. No se ponga tan gruñona y dígame qué es lo que le va a mandar a la tía.

FOTO: MPG
     Y sucedió en las Ferias de San Andrés. El templete, en la plaza del pueblo, dispuesto para la orquesta, estaba adornado con cadenetas amarillas, cayenas, trinitarias rojas; también había muchas orquídeas en algunas de las ventanas cercanas. 
     El conjunto interpretaba música de moda: salsa, merengues. Todo era ritmo, movimiento, sensualidad. Los jóvenes y los que ya no lo eran tanto, se entregaban en loco frenesí a las ondulaciones del baile, al mandato de los cueros enardecidos. Aquí los timbales, más allá el bongó y la tumbadora. 


PAISAJE.  FRANCISCO ALEJANDRO BELLO. 1973 (WEB)
   Luego de bailar, sudorosos y jadeantes, Policarpo y Rosalía se separaron de los amigos que todavía bailaban en el templete. Fueron en busca de una coca cola y una cerveza. Y así, con las botellas en la mano, se alejaron muy juntos, caminando hacia las afueras del pueblo, perdiéndose entre los matorrales. El la besa y busca sus pechos que ella gozosa le ofrece, mientras a su vez, busca la turgencia del miembro viril. Se buscan, se encuentran, se descubren. Y él penetra las oquedades que ella le presenta ansiosa y siente, feliz, la imperiosa y ardiente embestida del varón.
     El cielo plomizo y coral se confabula con ellos. Les regala intimidad y la brisa acaricia las sienes humedecidas de los dos jóvenes en su fogoso baile acompañado de gemidos que parecen música que arrulla sus movimientos sobre la hierba  húmeda, muelle. Más tarde, mucho más tarde, cuando ya no quedan más luces que las de las estrellas, sus cuerpos se entrelazan  y caen en el sueño tranquilo y profundo del deseo satisfecho.

     Ahora, allí estaba la muchacha recordando el maravilloso momento de la entrega. "No, Mabuela, no! Ahora usted quiere que me case con un desconocido, cuando ya he conocido el amor, he saboreado su dulzura en brazos del hombre que amo. Podrá ser que el nieto de Emeterio sea mejor que mi Poli, pero él, para mí es único en el mundo". Trató de calmarse y de volver a la realidad mientras se decía: "Algún día él  me tendrá como entonces, sólo él y ningún otro hombre, ninguno".

     Un domingo, mientras se arreglaba para ir a misa, Rosalía se sintió mal y se recostó un rato. Estaba mareada, pero ya se le pasaría. Había quedado en encontrarse con las amigas a la salida de misa, y eso haría. No habían pasado diez minutos de haberse recostado, cuando escuchó la voz de la abuela que la llamaba:
     -¡Rosalía, Rosalía, mija, venga un momentico, hágame el favor!
     -¡Ay, Dios mío! ¿Y ahora que querrá Mabuela? - se preguntó con desgano. ¡Con las ganas que tenía de quedarse durmiendo todo el día- pero contestó, mientras se levantaba para  arreglarse un poco:
      -¡Ya voy, Mabuela, ya voy, bajo en un momento! Y al rato, la abuela dijo:
      -¡Mija, baje rápido para que vea quién esta aquí.
     -¡Ay, qué fastidio- murmuraba la muchacha al bajar las escaleras- Seguro que llegó una de sus amigas que hace tiempo no ve, para que vea cómo han crecido sus nietas. Y con lo mal que me siento... no se me quitan las náuseas. 
        Doña Jacinta la esperaba en el corredor, pues la visita estaba en la sala, Y tomándola por el brazo la acompañó  hasta donde ésta se hallaba sentada.
     -Mira quién está aquí- dijo emocionada la señora. Es el compadre Emeterio que vino con su nieto, que le hizo el favor de traerlo en la camioneta.  Entonces,  alisándose la falda, se dirigió al joven y le dijo:
      - Mijo, esta es mi nieta Rosalía. Su papá la conoció de niña, pero usted no. ¡Venga que se la presento!.  Y luego, dirigiéndose a su nieta:
      -¡Acérquese, Rosalía, no sea tan penosa, no se quede allí parada como quien ve a un fantasma, venga para que conozca a... Policarpo. ¿No es así como se llama, mijo? 

CARACAS, 1993 -Revisión 2012


















    

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Nací un 28 de marzo en Caracas, Venezuela. Trabajé en la Industria Petrolera Venezolana e Internacional, incluyendo OPEP. Amo la Libertad, la Democracia y la Paz. Escribo cuentos: www.uncuentoentreamigos.blogspot.com