domingo, 6 de marzo de 2022

I CONCURSO CIENCIA FICCION, ¨PUERTAS SECULARES¨, RELATO NUMERO 106. (Por Myriam Paúl Galindo)

 

I CONCURSO CIENCIA FICCIÓN, "PUERTAS SECULARES", RELATO NÚMERO 106

 

Súbitamente un sonido intenso y perturbador, semejante al producido por la turbina de un avión, rompió el silencio de esa apacible mañana, cuando Emiliana estudiaba en su habitación. Muy asustada y sin explicarse lo que sucedía, la chica sintió una fuerte presión invadir su cuerpo, aturdiéndola; luego, esa fuerza desconocida la hizo girar sobre sí misma, y la empujó por un profundo agujero de paredes cobrizas y erosionadas. La joven no pudo precisar la duración del extraño suceso, pero le pareció eterno pues ella no cesó de dar vueltas, tropezando contra las paredes del túnel, hasta que finalmente cayó sobre unos arbustos que se destrozaron, cuando su aparentemente frágil humanidad dio al traste con ellos. Un fuerte aturdimiento, varios rasguños, hematomas y un golpe en la cabeza fueron el resultado del aparatoso descenso. Pasado un momento, y con mucha dificultad, ella logró levantarse mientras se desenredaba el pelo agarrado a las ramas. Muy confundida, observó el entorno. La vegetación exuberante bordeaba los alrededores de una ciudad de calles estrechas y empedradas en las que sólo se veían casas con zaguán, puertas de pesados aldabones y ventanas con postigos.
La caída de la chica no pasó desapercibida a la gente del lugar, que miraba asombrada el espectáculo como si se tratara de una función de circo. Algunas chicas observaban los piercings con los que ella se adornaba tanto las orejas como la nariz. Los hombres no quitaban la vista ni de su escote, donde asomaba un tatuaje, ni de su ombligo, del que pendía una argolla. Todavía atontada por los golpes la joven trató de incorporarse ajustándose los jeans, peligrosamente deslizados de las caderas. Se pasó las manos por el rostro lleno de rasguños y la oreja derecha donde uno de los cinco zarcillos se le había salido, rasgándole el lóbulo. Como la muchacha se tambaleaba, un chico la tomó del brazo y le ofreció su pañuelo. Una vez pasada la novedad del espectáculo protagonizado por la chica en la plaza, los lugareños empezaron a dispersarse sin prisa y Emiliana a su vez, ya más recuperada del revolcón, inició su recorrido por la ciudad, tratando de orientarse.
Para la joven tampoco pasaron desapercibidos, tanto el sencillo atuendo de las personas como -al mismo tiempo- su actitud amable y desconfiada. Las mujeres llevaban trajes largos, algunos elegantes, de seda, otros de telas burdas y de aparente confección casera. Sin embargo, el toque chic ponían los sombreros tanto de damas como de caballeros. Casi nadie llevaba la cabeza descubierta.
Observaba también Emiliana el paisaje pueblerino. Algunas ventas de gallinas en la calle le parecía que contrastaban con los tranvías y los coches tirados por caballos parecidos a los que había visto en las fotografías de Tía Dorita y Tío Klaus en Viena, cuando fueron a un Congreso de Medicina el año pasado. Pensó entonces que estarían filmando alguna película y, apurando el paso, continuó buscando el Metro en medio de aquel hermoso y extraño escenario.
De pronto, un señor de edad mediana, elegantemente vestido y portando en su mano derecha un bastón de madera, le salió al paso y quitándose el sombrero le dijo:
- Buenas tardes, señorita. Perdone el atrevimiento, pero por su expresión presumo que se ha extraviado ¿Me permite ayudarla, por favor? –
La joven no reconoció el acento suave y musical de su interlocutor, quien, además, hablaba en tono muy bajo, razón por la que ella le hizo repetir la pregunta para luego responderle:
- Ay, sí, señor, gracias. La verdad es que sí necesito su ayuda, porque creo que estoy perdida. Por favor ¿me puede decir dónde estoy? ¿Es esto un escenario para una película o una ciudad y si es así, cuál?
-No entiendo bien sus preguntas, señorita Aquí no se está filmando ninguna película.- Y añadió asombrado- ¿Cómo es posible? ¿Usted no sabe en qué ciudad se encuentra? Pues está usted en la capital, hija mía, en Caracas- No comprendo su sorpresa, a menos que usted sea del interior, pero ni aún así – Y agregó, enfático- Estamos en Caracas, la capital de la República de Venezuela.
La muchacha lo interrumpió, angustiada:
-Pero, señor ¿Cómo va a ser Caracas si yo nací allí, vivo allí, la conozco bien y esta ciudad no se me parece a ella? Es más, acostumbro acompañar a mi abuela a sus diligencias al Centro, y lo que estoy viendo es totalmente diferente al que yo conozco.
- Discúlpeme, jovencita, pero la ciudad es muy grande; en los últimos años se ha expandido mucho, por lo que no es posible conocerla toda; lo que sí le puedo asegurar es que el centro permanece igual, y que desde mucho tiempo atrás no ha habido mayores cambios, como por ejemplo, la Plaza Bolívar, que está detrás de usted - dijo señalándola con el bastón.
Emiliana observó la plaza, los niños las palomitas y las ardillas. Era verdad que era la misma, pero ¡Diferente! Lucía más despejada, más limpia. La estatua ecuestre de El Libertador lucía más nueva, aunque con las mismas gracias de las palomas. Pero las calles y los negocios parecían otros. Sin embargo, los edificios gubernamentales eran también los mismos. “¿Más nuevos, quizás?”- pensó mientras su confusión iba en aumento.
El caballero, que la observaba silencioso, pues no alcanzaba a comprender la confusión de la joven, así como tampoco su ligera y extraña indumentaria, llegó a pensar por un momento que aquella situación se debía seguramente a una de esas extrañas pesadillas mañaneras.

Hacía rato ya que los gallos cantaban en el corral y José del Carmen todavía disfrutaba de la calidez del lecho. No era un chico perezoso, pero desde hacía días lo aplastaba la rutina. Añoraba un cambio en su monótona existencia tan sólo interrumpida por la emoción que le producían los pocos besos que le robaba a Jacinta, su novia, cuando la chaperona se descuidaba. Había leído ya varios libros y visto fotos de otros lugares. También algunas películas proyectadas en el Teatro Caracas o en el Salón Apolo en las que se mostraban paisajes de increíble belleza. Pero no siempre disponía ni de suficiente plata ni de tiempo para ir al centro a divertirse. La mayoría de las veces sólo iba con Jacinta a la retreta en la Plaza Bolívar, luego de la misa y el tradicional almuerzo familiar en su casa o en la de la novia. Los días de semana madrugaba para el trabajo de la finca. Nada más rompía la rutina de su vida. “¡Cómo le gustaría viajar y conocer otros lugares distintos e interesantes!”- pensó desperezándose. De pronto, escuchó la estridente voz del padre llamándolo y se levantó de un salto para vestirse e iniciar el ordeño.
Avanzaba la mañana, en medio del bullicio de los tranvías, los coches tirados por caballos, y el tránsito de uno que otro automóvil. Las ventas callejeras arremolinaban a la gente junto a ellas. Emiliana contemplaba el espectáculo callejero, mientras caminaba al lado de su amable anfitrión, quien hacía esfuerzos por orientarla.
- Ese es el Café Marron Glacé. El sitio preferido de artistas y músicos. ¿Lo conoce usted?
-No, señor nunca he estado allí. Me gusta mucho ir a los cafés de los centros comerciales como el Sambyl, el Tolón, y también al Café Olé de Las Mercedes, pero éste, sinceramente, no lo conozco.
-¿Quiere decir que hay un nuevo café cerca de la Iglesia de Las Mercedes en La Pastora?-preguntó su acompañante.
- No, no. El que yo le digo queda en la Urbanización Las Mercedes, cerca de la Iglesia de la Guadalupe en la Calle California. ¿Sabe? Detrás de la Bomba Texaco.
Entonces, cuando su interlocutor hizo un alto para tratar de comprender lo que decía la chica, ella le preguntó:
-¿Sabe, señor, dónde está la estación del Metro de Capitolio? Desde hace rato estamos caminando y no la veo; debería estar cerca.
-¿La estación del Metro? ¿Podría darme más detalles de esa estación? La verdad es que no la he visto nunca, y mire que me conozco todas las del tranvía.
- ¡Ay, señor, no, tranvía, no! Dije ¡Metro! La que yo busco es la del Metro de Capitolio, esa que tiene la M grandota de color naranja que indica la entrada a las escaleras mecánicas.
-No entiendo lo que quiere decir con escaleras mecánicas, las únicas que podríamos llamar tales, son los escalones de la plaza, pero no son tantos- Luego, sacudiendo la cabeza y pasándose la mano por la frente sudorosa, agregó: - Pero, venga, venga, por favor, que yo mismo la acompaño a la Estación de la Plaza Bolívar, donde la pueden informar mejor que yo - dijo guiándola.- ¿Ve usted allá enfrente aquellos tranvías, junto a las victorias? Pues allí está la Estación que le digo.
Cuando llegaron a la estación señalada, el reloj de la Catedral dejó escapar cinco campanadas, por lo que don Florencio exclamó:
- ¡Ay, qué tarde es! Lo siento mucho, señorita, pero no puedo quedarme. Debo irme. No me había percatado de la hora. Ya casi cae la noche - dijo sacando su leontina del bolsillo para ajustar la hora-. Y añadió consternado: - Pero qué descortés he sido al no presentarme, disculpe usted. Mi nombre es Florencio Antonio Colmenares Ibarra, para servirla. Y, si me permite, me gustaría conocer el suyo, por favor.
- Por supuesto, señor Colmenares. Mi nombre es Emiliana Tramontini García, contestó la muchacha, estrechando con firmeza la mano sudorosa y lánguida que le ofrecía don Florencio, quien, muy apenado volvió a excusarse por no poder quedarse haciéndole compañía hasta que ella pudiera volver a su casa. Sin embargo, antes de iniciar el regreso al hogar le recomendó mucha prudencia, mesura y también le expresó su deseo porque volviera pronto a casa.
En cuanto su anfitrión se hubo marchado, Emiliana, siguiendo su consejo preguntó a las personas que se encontraban en la estación de la Plaza Bolívar sobre la del Metro, pero ninguna de ellas supo darle razón. El desconcierto crecía y la joven no hallaba qué hacer, así que resignada a su suerte continuó caminando sin rumbo fijo varias horas por los ya desiertos y oscuros callejones. De pronto la muchacha sintió cómo el estómago le hacía ruido. Deseó comprarse un "sándwich", pero ya habían cerrado todos los locales. Continuó caminando hasta que llegó a lo que parecía ser el límite de la ciudad, pues allí terminaban las calles y comenzaba una tupida floresta. Entonces, extenuada se sentó a descansar en un recodo del camino. Cuando ella observaba el paisaje, sus ojos tropezaron con ¡Una mata de mangos cargadita junto a una quebrada! Así, que muy contenta, Emiliana mitigó su hambre y apagó su sed.
Al fondo se alzaba el Avila, imponente y hermoso. Nunca lo había visto tan verde. Lo abrazaban unas nubecillas blancas. Buscó con la vista el Hotel Humboldt en la cima y no lo encontró. Parecía haberse esfumado. Luego anocheció y la envolvió la oscuridad, apenas aminorada por un farol lejano y tan triste como ella. De pronto, angustiada, pensó que sus padres la estarían buscando preocupados. Entonces se acordó que en el bolsillo trasero de su pantalón tenía el teléfono celular. ¿Cómo podía habérsele olvidado? Intentó llamar varias veces a su casa y a Carlos, su novio, para pedirles que la fueran a buscar, pero sólo el silencio respondió al otro lado del teléfono.
Su angustia aumentó ante su desesperada situación. Sintió frío y deseó estar en su casa con su mamá y sus hermanas esperando la llegada del padre. Trató de analizar su situación y recordó que antes de caer en la plaza, estaba estudiando en su cuarto para los exámenes de Administración de la Universidad Central. Esa mañana todavía se sentía muy dolida porque la noche anterior su papá le había recriminado por haber llegado muy tarde del cine con su novio. Ella comprendía que tenía razón, al preocuparse por la inseguridad reinante en la ciudad, pero ¿Hasta cuándo? Siempre lo mismo. Furiosa, por lo que consideró una injusticia de la vida ante tanto encierro, en ese momento deseó fervientemente que se produjera un cambio en su vida. Y fue entonces, cuando al cerrar los ojos para formular su deseo, sucedió todo el ajetreo que la llevó por la mañana a la plaza de esa pequeña ciudad. Al principio pensó que se trataba de una pesadilla de la que despertaría en cualquier momento. Pero ahora constataba, con inmensa tristeza que enfrentaba una terrible realidad. Así que, agotada por los acontecimientos de la jornada y pensando que ya, cuando pudiera, buscaría en Google todo lo relacionado con las incógnitas de aquel misterioso viaje, se acostó, resignada, al pie de la mata de mangos. “¡Lástima que no traje mi cámara digital, lástima!” pensó antes de quedarse profundamente dormida.
Casi al alba, una leve tibieza despertó a Emiliana. Frente a ella se hallaba un muchacho moreno. Acababa de arroparla con una manta y la observaba curioso. Vestía liqui-liqui blanco y otra gruesa cobija de lana le cubría los hombros. El sostenía con fuerza las bridas de su caballo, que se movía inquieto con el peso de dos grandes cántaros metálicos que llevaba en el lomo. Cuando el chico vio que la joven se incorporó asustada, le dijo:
¬- Disculpe la falta de respeto, por despertarla, señorita, pero como hacía mucho frío me atreví a abrigarla. Me extrañó que estuviese dormida y descubierta a la intemperie. ¿Sabe? Se puede resfriar. –y añadió: - Si me lo permite, también le daré algo de comer, pues debe tener hambre. Traigo pan, queso y leche recién ordeñada; le hará bien comer un poco.
-¡Ay, sí, gracias, chamo, pues me muero de hambre. No he comido sino algunos mangos anoche. - Exclamó Emiliana, aliviada.
-Perdone también si la molesto con tantas preguntas, señorita, pero ¿Es que acaso se extravió? ¿No la estarán buscando sus padres? ¿Dónde vive? ¿La puedo llevar? ¿Y cómo es eso de que no ha comido sino mangos? – Preguntó el chico, mientras le ofrecía a Emiliana el alimento que le había prometido.
La joven no encontraba cómo contestar la avalancha de preguntas de su interlocutor, pues ni ella misma podía explicarse tan extraña situación.
- Pues la verdad es que salí de mi casa, y tratando de volver me perdí - contestó simplemente-. Luego, el cansancio me venció y como ves, me quedé dormida.
-Si lo desea, señorita, puedo para llevarla a su casa, espero que no le tenga miedo al animal. Si relincha es porque está nervioso, pero es manso. Sólo dígame dónde vive.
- De verdad muchas gracias por tu preocupación. Con gusto aceptaría tu ayuda, pues no le tengo miedo a tu caballo, que de paso es muy lindo, pero lamentablemente creo que no me puedes auxiliar, pues lo que yo busco es la estación del Metro de Capitolio para irme hasta la Estación de Altamira, pues vivo allí, en esa urbanización. – Le dijo mientras devoraba su inesperado y magnífico desayuno.
- Pues verá usted –contestó pensativo- ¿La estación del Metro de Capitolio? No, no la conozco, señorita. Debe ser nueva. Tampoco he oído hablar de Altamira. Además, casi no viajo en tranvía.
- ¿Ves, chamo que no me puedes ayudar? Agradezco muchísimo lo que has hecho por mí, preocupándote por mi bienestar, pero en cuanto a encontrar el camino de vuelta a casa, ya veré cómo me las ingenio para volver- dijo, resignada; y luego, añadió sonriéndole: - ¡Ah, disculpa! Me llamo Emiliana ¿Y tú?
- Mi nombre es José del Carmen, señorita, José del Carmen Martínez Alcántara, para servirla, dijo ofreciéndole la mano y quitándose el sombrero. Emiliana le extendió cordialmente la suya. “¡Qué ásperas, Dios mío!” pensó ella al estrechársela. En cambio él, se dijo que nunca había tocado unas manos más suaves.
Luego, cuando terminó de comer, Emiliana le devolvió a José del Carmen el plato y el pocillo de peltre y le preguntó:
-¿Cuánto te debo, chamo? Todo estaba riquísimo.
-¿Deberme? ¿A mí? ¡No, señorita, no me debe nada, no faltaba más!- contestó el chico sorprendido. ¡Cómo se le ocurre!- y bajó la cabeza, azorado.
- Pues la verdad, mil gracias por tu generosidad, José del Carmen, y por favor, vete tranquilo que ya encontraré la manera de volver, Dios mediante. Es cuestión de paciencia y fe.
- Lo que me preocupa es dejarla sola, pero tengo que entregar esta leche, pues si no, se daña. Lamento no poder ayudarla, señorita Emiliana.- Y acercándose añadió conmovido: - Bueno, entonces no me queda más que desearle suerte y que vaya con Dios. Con el permiso me retiro. Que tenga un buen día- dijo el chico apesadumbrado.
Entonces sucedió lo inesperado: la chica se le acercó y lo abrazó fuertemente, mientras le decía:
-Gracias, gracias, otra vez gracias, chamo. Que Dios te cuide, José del Carmen.
Y así el chico, azorado por el abrazo de la joven, arreó la bestia con su pesada carga y se alejó. Emiliana lo vio perderse por las callejuelas tortuosas esa fría mañana pueblerina. ¡Lástima que el chico se había ido! Le hubiera gustado disfrutar más tiempo su compañía. Entonces, sintiéndose más sola que nunca, trató de pensar cómo volver a casa, pero no encontrando la forma de hacerlo, levantó los ojos al cielo e imploró a Dios Su Divina ayuda.
José del Carmen inició su trabajo esa mañana con ánimo diferente. Después de aquel abrazo, pensó que algo suyo se había quedado con la mujer más bonita que había visto en su vida. Era hermosamente impúdica. Parecía salida de un cuadro del Antiguo Testamento, de un museo: una Salomé. ¡Cómo le hubiera gustado quedarse acompañándola, protegiéndola. Se veía tan indefensa la chica! ¡Qué mujer tan linda, Dios mío, ojalá la vuelva a ver!”. Y la figura de Emiliana iluminó su día. Una vez terminado el reparto de leche, regresó a la finca de su padre, en Galipán. Cuando llegó a su casa, cansado como estaba, se dejó caer pesadamente en la cama. Repasó mentalmente los acontecimientos de la mañana y nuevamente deseó que ocurriera un cambio en su vida. Quería conocer otros lugares, otra gente, y quizás otra chica como la que había conocido esa mañana. Y sucedió que en el mismo momento en el que formulaba su deseo, empezó a escuchar unos ruidos muy fuertes semejantes a truenos y súbitamente un agujero inmensamente grande se abrió en el techo de la habitación y lo succionó, llevándoselo con la fuerza de un tornado lejos, muy lejos. José del Carmen giraba sobre sí mismo dentro de un túnel cobrizo. Sentía que le faltaba el oxígeno. Pensó por un momento que perdería la conciencia debido a la presión del aire contra su cuerpo. No supo cuánto duró tan extraña sensación. Sólo su violenta caída sobre la copa de un árbol le indicó el fin del aparatoso e insólito viaje.
Un policía, que lo miraba atónito, enredado entre el tronco y las ramas, se le acercó y lo increpó:
-¡Epa, jovencito! ¿Qué hacía usted en ese árbol? ¿No sabe que aquí está prohibido subirse a ellos? – Luego de la amonestación le ordenó bajar inmediatamente. A medida que el joven se le acercaba, el policía, observándolo detenidamente, le dijo:
- ¡Pero, no faltaba más, esto es el colmo, si ni siquiera es un adolescente, sino un hombre hecho y derecho! ¡Hágame el favor de darme su documentación!
- ¿Cuál documentación, señor? - preguntó José del Carmen, sorprendido.
¡Vamos! No se haga el loco, deme su cédula de identidad- ordenó nuevamente el agente.
El muchacho no sabía qué hacer: no entendía nada.
Antes de que José del Carmen, pudiera contestar palabra, una mujer, se acercó llorando al policía y tomándolo del brazo le dijo:
- ¡Ay, Ay, Dios mío! Haga algo, señor agente, ese desgraciado se llevó mi cartera con mi quincena y todo. ¡Perro! ¡Desgraciado! Alcáncelo, allá va, echó a correr hacia la esquina.
Quizás más aturdido por lo sucedido con el policía, que lo dejó libre por atender la necesidad de la señora que por el extraño viaje y la caída en el árbol, José del Carmen se sentó en un banco de la plaza tratando de reconocer dónde se encontraba. Como el gentío que pasaba por el lugar no lo dejaba ver, la duda de dónde se hallaba persistía. Entonces le preguntó a una señora que pasaba a su lado:
- Por favor ¿me puede decir donde estoy?
- ¿Cómo que dónde estás, jovencito?... Pues en la Plaza Bolívar ¿No lo estás viendo?-
- No, no. Esta no puede ser la Plaza Bolívar, señora.
- Entonces si ésta no es ¿Cuál es entonces, muchacho, se puede saber? ¿La Plaza de las Tres Gracias? – preguntó riéndose mientras se perdía entre la muchedumbre.
José del Carmen observó detenidamente plaza. Efectivamente, la estatua ecuestre del Libertador se lo recordó. Sólo que la gente era diferente, no era la que él estaba acostumbrado a ver. El ambiente era otro. Nadie llevaba sombrero y tampoco bastón; sólo algunos llevaban paraguas. Notó que las mujeres iban casi desnudas con vestidos cortísimos, otras usaban pantalones como los que llevaba esa mañana Emiliana. Muchos hablaban solos pegando a sus orejas algo parecido a un auricular telefónico, pero sin aparato. Tanto en la plaza como en las calles el ruido era ensordecedor. En varias tiendas a la vez se escuchaba música; nunca había visto tanta gente junta caminando, ni el los desfiles militares. Tampoco podía creer lo que veía: extraños automóviles grandes y pequeños pegados unos a los otros, casi sin avanzar. “¡Todo esto es una locura, Dios mío!” pensó angustiado mientras caminaba de un lado a otro con los ojos desorbitados.
Buscó desesperadamente el Avila, pero no pudo ver la montaña completa al norte, pues la tapaban inmensos edificios. Se fue más hacia el norte y entonces pudo verla mejor, pero muy maltratada. Su tamaño parecía reducido y atravesado por cables y torres metálicas. Una inmensa raya horizontal la cruzaba de oeste a este disminuyendo su belleza. Además lucía gigantescos zarpazos ¿Quién la había herido de esa forma? ¿Y qué era aquello que se asomaba en la cima, Dios mío? Parecía uno de esos cilindros de juguete que tuvo cuando era un niño. ¡No podía creerlo! Y... ¿Cómo habían hecho para colocarlo allá arriba? Se preguntaba confundido. Gruesas gotas de sudor resbalaban por frente. Se llevó las manos a la cabeza pues parecía próxima a estallarle. Jadeaba. Deambuló un rato más por la plaza, tratando de poner en orden sus pensamientos y encontrar la forma de volver a casa.
El reloj de la Catedral dio en ese momento cinco campanadas. Nubes grises y apretadas como rebaños se desplazaban lentamente, hacia el Oeste. Comenzó a lloviznar. Un trueno partió en dos la tarde bulliciosa. La lluvia arreció y José del Carmen corrió por las calles atestadas de gente y de paraguas. Finalmente, se guareció en un edificio y esperó a que escampara. Cuando amainó José del Carmen apuró el paso, pues ya caía la noche. Quería volver a casa. Era muy tarde ya y sus pobres viejos debían estar muy preocupados por su ausencia. Entonces le preguntó a un señor que venía en sentido contrario al suyo:
-Buenas tardes, señor. Por favor ¿Me puede indicar dónde puedo tomar el tranvía?
-No, hijo- le contestó el transeúnte- Usted debe ser extranjero. Hace mucho tiempo que tuvimos tranvías, pero ahora no. Aquí sólo tenemos el Metro y los autobuses como sistema de transporte público. Que tenga buenas tardes.
José del Carmen insistió en su búsqueda del tranvía, pero obtuvo siempre la misma respuesta: éste no existía en Caracas, sino el Metro y los autobuses. ¿No era ése el mismo que le había mencionado Emiliana esa mañana? Todo el mundo le sugería tomarlo, pero ¿Por qué hacerlo si lo que él necesitaba era el tranvía? – pensó ya malhumorado.
Declinaba la tarde y la ciudad se fue iluminando poco a poco hasta brillar totalmente. El joven se restregó los ojos, incrédulo ante tanta luz. “Seguro que se trata de un sueño” - se dijo asombrado al contemplar el inmenso joyero en el que se había convertido la ciudad. Observándolo todo, continuó su camino, ya sin rumbo fijo. Estaba hambriento, pero el cansancio lo rindió cuando se sentó a descansar, exhausto, en las escaleras de un edificio. Y allí mismo se quedó profundamente dormido, a pesar del bullicio, del humo de los automóviles y del frescor de la noche estrellada.

-¡Oye tú, muchacho! ¿Te encuentras bien? –
José del Carmen despertó sobresaltado al sentir que le tocaban el hombro y se sorprendió al ver una joven muy bonita inclinada sobre él. Tambaleando se puso de pie muy apenado, sin saber qué contestarle. Ella le explicó que trabajaba en el Banco Capital, justo donde él se había quedado dormido. La chica vestía pantalones, y llevaba el cabello rubio muy largo y alborotado. Le llamó la atención una pequeña rosa tatuada en el pecho.
- ¿Qué te pasó, chamo? – Continuó interrogándolo- ¿Eres nuevo en el Banco y madrugaste? No te he visto anteriormente- Luego añadió: - Ven, que ya están llegando los empleados, vamos a desayunarnos y me cuentas qué tipo de trabajo realizarás en el Banco. Pero esta vez invito yo. Ya lo harás tú con tu primera quincena. ¿Okey?
El muchacho, sorprendido, la siguió no encontrando cómo explicarle la situación en la que se encontraba. Sólo cuando ella mencionó lo del desayuno le dijo tímidamente:
-No se preocupe, señorita, yo tengo algo de dinero conmigo, sólo que…
-No seas tan protocolar, mi amor. No importa, la próxima vez pagas tú, no te enrolles, vale.
José del Carmen observaba de reojo a la joven, mientras caminaba a su lado. Era extrañamente desenvuelta y jovial. Tenía mucho parecido con Emiliana, no sabía en qué, pero lo tenía. De pronto él se proparó llevándose la mano a la cabeza.
-¿Qué te pasa, mi amor? ¿Te duele la cabeza al pensar en tus nuevas responsabilidades?
El muchacho la miró sin comprender le respondió tímidamente:
- No, no… lo que sucedió fue que me quedé dormido y no he comido nada. Yo…
- No te preocupes, –interrumpió ella - que eso nos pasa a todos al iniciar un trabajo nuevo: no pasamos bocado, sentimos mariposas en el estómago, nos duele la cabeza. Es el estrés, algo muy normal hoy en día. Pero dime ¿Cómo te llamas?
- José del Carmen Martínez Alcántara, para servirla. Luego, sonriendo nerviosamente le preguntó:
- ¿Y usted? ¿Cuál es su gracia, señorita?
- ¿Mi gracia? ¡Ay mi amor, tengo muchas! –contestó riendo- No, ahora en serio, vale. Me llamo Andrea Ziegler Gil pero, por favor, no me trates de usted, chico, bueno, a menos que seas andino y si no, insisto en que eres muy protocolar, chamo. Y ahora, volviendo al tema del trabajo ¿En qué Departamento vas a trabajar? ¿Crédito y Cobranzas, Plazo Fijo, Recursos Humanos? -
Confundido con el "mi amor", escuchado ya el día anterior en boca de Emiliana, le contestó: -Señorita, no se a qué se refiere, pues yo trabajo con mi padre en la finquita que tenemos cerca en Galipán en el cerro, en el Avila.
- ¿Tienen una finca en el cerro? ¿Y no está prohibido construir en los Parques Nacionales?
- No, señorita, son tierras de mi padre; él las heredó de mi abuelo. Contestó extrañado.
Considerándolo una broma, la muchacha cambió de tema y apuró el paso.
-Bueno, no importa, como sea. Sólo era una observación. Ahora apurémosnos, pues voy a una charla sobre Inflación y no me la puedo perder, pues es mi jefe quien la dará y tengo que ayudarlo. ¡Uf! Necesito un café, bien cargado para espabilarme.
Entonces el muchacho recordó que el último café que él se había tomado, había sido el día anterior en casa de una de las marchantes, antes de regresar a la finca.
Luego de caminar dos cuadras la chica y él llegaron a un restaurante con mesas de mimbre; había mucha gente. Se sentaron a una mesa, vino un mesero y la chica ordenó dos desayunos. Comieron casi en silencio. La muchacha lo hacía de prisa, él, a pesar del hambre, lo hacía con cierta parsimonia. Súbitamente, ella miró su reloj pulsera y terminó de tomarse rápidamente el último sorbo de café.
-¡Ay, Dios mío, se me hace tarde, ya va comenzar la conferencia! Hasta luego, José del Carmen. – le dijo, mientras tomaba la cartera para irse – Y añadió compungida, mientras se limpiaba la boca con la servilleta: - Oye, lo siento, te dije que te invitaba vale, pero ya es muy tarde y tengo que irme. Paga tú esta vez, por favor. La próxima vez te invito yo - y acompañó la súplica con un beso. Luego, corriendo, desapareció rápidamente por la puerta del establecimiento.
Cuando el chico terminó de comer, se le acercó el mesonero y le preguntó si iba a ordenar algo más, pero José del Carmen negó con la cabeza tal posibilidad, por lo que minutos más tarde regresó el mesonero con la cuenta. Como viera que el joven luego de hurgar en su bolsillo, colocara sobre la mesa sólo algunas monedas de plata, el mozo esbozó una sonrisa forzada y le dijo:
- Mire, señor, si no tiene suficiente efectivo puede pagar con tarjeta de débito o de crédito. ¡No hay ningún problema!
 

Puertas, postigos y bisagras vuelan por el espacio sideral envueltos en sustancias cósmicas y brillantes fluidos interestelares que semejan algodones de azúcar con hilos color melcocha. Magnífica visión que el ozono de la estratosfera absorbe goloso. Se ilumina el Universo y todo vuelve a la calma. Dos jóvenes despiertan a sus propias realidades, atesorándolas como lo hacían en la infancia con aquellos juguetes mágicos, celestiales que por Navidades, recibían de manos del Niño Jesús y de Santa Claus.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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lunes, 30 de agosto de 2021

AQUEL APARTAMENTO DE LA PRATERSTRASSE

 


             Cuando fui a trabajar a Viena, contratada por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), hace ya algunos años, alquilé un pequeño apartamento en un edificio cerca del antiguo parque de atracciones del Prater, en el Segundo Distrito, y al otro lado del Danubio, el hermoso río que atraviesa la ciudad. Todo era hermoso, pero muy diferente a mi cotidianidad caraqueña. Me costaba acostumbrarme a todo, a la gente, a su lengua. El Inglés era el idioma oficial en mi trabajo, y  me ayudaba bastante a desenvolverme fuera de él, pero debía aprender Alemán. De manera de facilitar el proceso de adaptación a mi nueva vida, me inscribí en el Curso de Alemán para Extranjeros en la Universidad de Viena. Y así pasaron unos meses.

            Una tarde de otoño me encontraba estudiando Alemán en el salón de mi casa, cuando de pronto, sentí un fuerte dolor de estómago. Tomé un calmante y esperé que el malestar se me pasara. Como transcurriera el tiempo sin experimentar mejoría alguna, me dirigí a la conserjería del edificio para que la señora Katscher me ayudara. Al abrir la puerta, la amable conserje,  al ver mi aspecto descompuesto, preguntó preocupada:

-¿Qué le sucede, hija mía? ¿Se siente mal? La veo muy pálida. Pase y tome asiento,  por favor.- Dijo presurosa, mientras me ofrecía una silla.

-No es necesario, Sra. Katscher,  muchas gracias – le dije al apretarme un poco el estómago-. Sólo vengo a pedirle que, por favor, me indique el nombre de un médico que viva cerca-. Le expliqué la situación con no poco esfuerzo, pues el olor del gulasch que ella preparaba para la cena y que siempre me resultaba tan apetitoso, ahora me parecía insoportable.

Luego de escuchar con atención lo que me pasaba, la conserje me informó que en esa misma calle del Prater,  al frente de nuestro edificio,  vivía un médico. No sabía qué especialidad tenía, pero sin duda me ayudaría, me dijo afectuosa, y sin más demora,  me anotó la dirección. Con ese valioso dato en mis manos me dirigí hacia el consultorio del galeno. Cotejé el nombre sobre la placa de bronce adosada a la pared, con el que me dio la señora Katscher y toqué el timbre. En ese mismo momento otro espasmo me pellizcó el estómago, y el sistema de control de la luz eléctrica se apagó. Oprimí de nuevo el botón para encenderla, y ya iba también a tocar por segunda vez el timbre, cuando escuché tintinear las llaves al otro lado de la puerta. La abrió una señora  pequeña, vestida de negro, bastante pálida.        

- Buenas tardes, señora – Saludé a la dueña de casa.

- Buenas tardes, Fraülain – contestó, mientras fijaba sus apagados ojos en mí - ¿Qué desea?

-Por favor señora ¿Podría informarme si se encuentra el Dr. Hausermann? –

Cuando le iba a explicar el motivo de mi visita, y para mi asombro, su rostro se ensombreció y de pronto, sin razón aparente, la mujer estalló en llanto. Los sollozos encogían aún más su pequeño cuerpo.  Se sonó varias veces la nariz con un pañuelo que enrollaba una y otra vez, para contestar  al fin, luego de aclarar la voz:

- ¡Ay! Fraülain, el Dr. Samuel Hausermann, mi marido, falleció hace hoy  una semana.

Su inesperada respuesta me confundió tanto, que olvidé mi propio dolor y  traté de consolar a la atribulada viuda con nerviosas letanías.

-  Ay, lo siento, lo siento mucho, de verdad lo siento, señora Hausermann, lo siento mucho.

  Acompañé mis palabras de condolencia con un abrazo. Mi gesto pareció calmarla al principio, pero luego reanudó los sollozos en forma  tan lastimera, al recordar al marido, que pensé que le  había abierto las heridas, causándole nuevo dolor.

-   Ay, señora, creo que será mejor que me vaya, y vuelva después, otro día,  pues no quiero molestarla en estas tristes circunstancias. Discúlpeme, por favor.

          - No, por favor, no lo haga. Pase y tome asiento, Fraülain – me pidió en tono casi suplicante. Luego, un poco más calmada añadió: -  Si me lo permite, quisiera enseñarle el consultorio de mi marido.

No supe qué contestar a la extraña e imprevista invitación, pero acepté, enternecida al ver a la pobre señora, tan pequeña e indefensa,

 Un poco aturdida por lo ocurrido,  la seguí por un estrecho pasillo. Reinaba el silencio, un tenebroso silencio interrumpido apenas por el crujir de la madera bajo nuestros pies. Entramos a una habitación. Era el  Sprachezimmer,  el amplio consultorio del médico; se respiraba un aire pesado, sin ventilación. Un escritorio de madera estilo Déco mostraba una libreta de récipes junto a un busto de Hipócrates.  

- Aquí, en esta sala, mi pobre Samuel atendía a sus pacientes. – Me explicó nostálgica la señora.

Pasamos luego a la pieza contigua donde se hacía presente, esta vez,  el fuerte olor de los antisépticos. En una silla dormían una bata blanca y un estetoscopio, y a un lado,  la camilla parecía habérseles adelantado en el reposo. Con amoroso fervor, la viuda me mostró no sólo la habitación, sino también la ropa del difunto, que sacó de un viejo armario. Esta vez el olor a naftalina acompañó a los anteriores aromas de la estancia. Por último, la viuda me invitó a pasar  al salón del apartamento, que evocaba los tiempos de la post guerra por la austeridad de los muebles. Dio unos pasos y luego se detuvo bajo una fotografía de gran tamaño colgada en la pared. Mostraba el rostro  de un hombre de unos treinta años, agradable, de facciones regulares. Un ancho bigote casi le tapaba la boca. Llevaba chaleco negro y una corbata de lazo sobre la camisa blanca. Lucía una expresión, seria, austera, contrastante con su juventud.

-Ese era mi marido, Samuel, Samuel Hausermann, Fraülein- dijo orgullosa señalando la foto- Aquí aparece él cuando hizo su Post Grado en la Universitatea din Bucuresti, en Bucarest. Fuimos a vivir a Rumania recién casados. Además de excelente médico, mi Samuel era muy humano con sus pacientes; les  generaba una gran fe. – Esta vez un velo de tristeza cubrió sus ojos. 

Luego,  sonrió por primera vez, desde mi llegada, y me invitó a tomar una taza de té.  Pero ocurrió, que en ese mismo instante me acometió otra fuerte punzada en el estómago. La señora Hausermann al verme tan descompuesta, me ofreció asiento. Fue entonces cuando  le expliqué cuál había sido el propósito de mi visita esa tarde, interrumpido por los sollozos de la señora Hausermann, cuando pronuncié el nombre de su marido. Después de escucharme con suma atención, se levantó con rapidez, y adoptó una actitud extraña. Parecía haber crecido en estatura y conocimiento. Me preguntó dónde me dolía y cómo era ese dolor, su frecuencia y qué tipo de comida había ingerido. Una vez que hube respondido todas sus preguntas, me dijo solícita:

-Espere un momento, Fraülein, por favor. Veré qué medicamentos tiene Samuel en el consultorio - y salió, esta vez,  muy animada y resuelta de la habitación. Al volver, trajo consigo una bandeja con un medicamento y un vaso de agua. Sus movimientos revelaban gran seguridad en lo que hacía. Después de colocarse los lentes, contó en silencio las gotas que echó en el vaso y luego mezcló con  cuidado.

-Tome, hija mía, estas gotas la aliviarán –  dijo sonriente. –pero, por favor, recuéstese unos minutos, mientras la medicina hace su efecto- dijo al tomarme por el brazo y conducirme hacia el sofá.

Agradecida, seguí sus instrucciones. Ella salió un momento de la habitación y apagó la luz. La quietud de la sala en la semi oscuridad me sumió en un agradable letargo, mientras experimentaba alivio, entonces me adormecí un rato. Mas tarde, al sentirme mejor, conversé con mi gentil anfitriona sobre  aspectos generales de Venezuela, en  los que ella pareció interesarse mucho, sobre todo lo relacionado con las enfermedades tropicales y la salud pública del venezolano.

Ya era de noche cuando me marché de la casa de la señora Hausermann,  pero no sin antes prometer a la amable anfitriona, que pronto repetiría la visita. Cuando nos dirigíamos hacia la puerta- esta vez ambas de mejor ánimo-, volví a ver la foto de su marido, colgada a la pared. Esta vez el galeno aparecía sonriente. Me sorprendí, porque recordaba haberlo visto serio, cuando su viuda me mostró la foto. Incrédula, antes de salir, di una última mirada al cuadro,  y me percaté que, incluso, podía ver la orificación de uno de sus molares. 

“Serán efectos del medicamento que tomé”, pensé  confundida,  cuando salí a la calle y respiré el aire fresco de la noche, para despejar la mente. Entonces, llegué a la conclusión de que con toda seguridad me había equivocado en mi percepción anterior. Pensé que el Dr. Hausermann, no podía haber posado ante el fotógrafo, tan serio, en su foto de post grado. Obtener un Doctorado en Medicina  en la Universidad de Bucarest, seguro que constituyó un logro demasiado importante en su vida profesional. Por eso imaginé que tenía que sentirse feliz al estar mejor preparado para aliviar y curar a los enfermos que acudieran a su consulta. Por eso sonreía en la foto.

Caminé hacia la esquina, y esperé la luz de cruce del semáforo; atravesé la calle y, de pronto,  me sentí ligera como la brisa que me acariciaba el rostro. Cuando llegué a casa, un inexplicable bienestar se apoderó de mí. Pasaron los días, los espasmos estomacales desaparecieron por completo, y nunca más volvieron a presentarse, mientras viví en aquel apartamento de la Praterstrasse, en Viena.  

Y tampoco,  después.









 

 










IMAGENES DE VIENA: WEB

Caracas, Julio de 2003

 


 

lunes, 17 de septiembre de 2018




Para mi queridísima sobrina nieta, Emiliana Alvarez De Stefano.

Tú, Emiliana,
trajiste luz al mundo,
cuando naciste

y alegraste
la vida de tus padres,
de tu familia.

Que Dios bendiga,
princesa caribeña,
tus dieciocho 

lindos septiembres
llenos de ilusiones
y de promesas.

Eres hermosa,
mas tu alma supera
 tu gran belleza.

Luces pionera
en los veloces cambios
de tu futuro

amplio, brillante,
abierto a las Ciencias
y a las Artes.

Profundas, fuertes,
-de tu árbol familiar-
son tus raíces.

Que el sol brille 
y la luna alumbre
tu larga vida

con la bendición 
del Señor y la Virgen
que bien te aman.


Caracas, 15 de septiembre de 2018



miércoles, 25 de julio de 2018

"El niño de diecisiete años". Poema de Andrea Eugenia Alvarez De Stefano

Andrea Eugenia Alvarez De Stefano


     Nada me hace más feliz que reconocer el talento de los niños que se inician en cualquier disciplina: Ciencia, Tecnología, Arte o  Literatura. Cuando esto sucede, titilan estrellas, refulge el sol y se abren caminos inexplorados para ellos, quienes comienzan con paso firme su ruta vocacional por el mundo.
      Y este sentimiento se hace aún más fuerte cuando quien me lo demuestra es mi sobrina nieta, Andrea Eugenia Alvarez De Stefano al inclinarse  en su incipiente adolescencia por la Literatura. 
    Andrea es hija de Santiago Alvarez y Andreína De Stefano Paúl. Ella cursará tercer año de educación media  en la Academia Merici. Su hermana mayor, Emiliana,  acaba de graduarse de Bachiller en Ciencias en la misma institución educativa y pronto iniciará sus estudios universitarios en  la carrera de Economía. Alessia Salazar De Stefano, la menor de ellas, tiene tres años y medio de edad y pronto irá al colegio. Allí  descubrirá en el futuro, ese maravilloso camino que ya han iniciado sus hermanas Emi y Andrea. Alessia, muy feliz, por ahora recorre los sorprendentes y hermosos senderos del juego y la fantasía.
     Como señalé al principio me emociona la inclinación literaria de Andrea,  pues ya a la temprana edad de quince años ha escrito algunos cuentos, ensayos y también poesía. En los dos primeros géneros destaca una prosa cuidada junto a su fantástica narrativa. En el tercero me encanta su profundidad.
    El poema que publico  en esta oportunidad, titulado "El Niño de diecisiete años", fue escrito por Andrea el pasado mes de abril como "Creación Literaria" en la asignatura de Castellano y Literatura de la Academia Mericis. Inspiraron sus versos "Inquieta y sumisa me quedé sin voz". Del poema "Destino" por Enriqueta Arvelo Larriva. Este poema le  mereció  la máxima puntuación y además, el siguiente comentario de su profesor de Castellano y Literatura,  Héctor Torres: "Excelente texto. Muy bien construido de principio a fin". Tan valiosa opinión llenó de orgullo y satisfacción tanto a la autora del  hermoso poema, como a sus padres y familiares.
     No olvidemos que nuestra querida Andrea  ya lleva en la sangre esa creación literaria, pues su bisabuelo, Luis Alberto Paúl, fue periodista y escritor. Su abuelo por el lado paterno,  Oswaldo Alvarez Paz, también se destaca como escritor. Y por el materno, su abuelo, Rafael De Stefano, era primo de Victoria De Stefano, reconocida novelista. Así que, por lo que  podemos observar, la literatura ha hecho acto de presencia en ambas ramas de la familia a través del tiempo al representarla varios  de sus escritores, motivo por el que la chica tiene a quienes salir.
       A continuación transcribo el hermoso poema de mi escritora invitada, Andrea Alvarez De Stefano.   

El niño de diecisiete años
Un fuerte ruido me levantó de la cama,
Los libros de mi estante en el suelo,
Las gavetas de mi escritorio abiertas.
Se escuchaban pasos en el pasillo,
Y murmuros que llenaban el silencio de la noche.
¿Quién habrá provocado todo esto?
Sin pensarlo mucho cerré los ojos y volví a dormir.

Al abrir los ojos me encontré con

Una fuerte niebla en mi habitación,
La ventana abierta y las luces encendidas.
Al enfocar bien la mirada vi una silueta.
Parecía la de un niño de diecisiete años,
Con cada paso que daba se enfriaba más la habitación,
Las luces parpadeaban y el viento soplaba con fuerza.

Cara a cara nos encontrábamos,

El niño era atractivo,
Su pelo rubio y ojos azules resaltaban,
Pero su presencia daba una mala energía.
En un solo segundo sus ojos se volvieron completamente negros,
Y su hermoso cabello desapareció
Inquieta y sumisa, me quedé en mi voz,
Pues su rostro espeluznante me dejó impresionada.
Me tomó de un brazo y llevo con él,
El destino era incierto pero no bueno.
“Inquieta y sumisa, me quedé en mi voz” Del poema "Destino”
Por Enriqueta Arvelo Larriva




  
IMAGEN: Robert Pattinson. WEB