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jueves, 6 de febrero de 2014

ELEFANTE. Por Miriam Mireles


                MIRIAM MIRELES  
Miriam Mireles es venezolana. Profesora de Matemáticas y autora de Apenas el cielo se abre (a tres tempos). También lo es de los multimedia: Sueños; Poesía Digital; Mujer Poulí; y Víctor y sus Metarostros. Participó en los libros: Petrarca en Venezuela (2004) y Leonardo da Vinci en Venezuela (2006). Compilados por Valeriano Garbín, Valencia-Venezuela. 

Conocí  a Miriam, junto a un entusiasta grupo de escritores aficionados, en el Taller Literario "Aprenda a narrar escribiendo", dictado por el  conocido escritor venezolano, Israel Centeno en Caracas en 2005. A continuación presento su  estupendo cuento  "ELEFANTE", recientemente publicado por ella en Facebook .  Mi agradecimiento a Miriam por haber aceptado la invitación a editarlo en este blog.


                                                                                            " ELEFANTE


Muy lento. Con su enormidad a cuestas entra un elefante a mi casa. Lentísimo. Sin gestos. Al sentarse en el piso de la sala cruje la madera. Parece inofensivo. No habla. Lo miro detenidamente tratando de adivinar qué quiere. El rostro enmarcado por sus batientes orejas huele a azufre. El sexo también se ve desgastado. Antiguo. Lleno de algas y raíces secas. Se mueve entre la puerta de la casa y la sala, desde allí intenta hablarme. No sabe hacerlo. Sólo balbucea algunas palabras. Sin sentido. Hace días mientras murmuraba incoherencias, sus deslucidas ojeras con bolsas de color morado se oscurecieron. Al tratar de mover su boca, las puntas del extraño bigote fueron masticadas por las comisuras. El elefante rompió las tablas que cruzaban la sala de pared a pared y deshizo la escalera. No consigo cómo buscar mis objetos personales que quedaron arriba en la habitación. Tampoco puedo entrar al baño. No he hecho ningún esfuerzo para huir de esta casa, aún a costa de quedarme sin provisiones (de las que había guardado para cuando viniera lo peor). El desasosiego me ha inmovilizado. Por las noches no duermo. Cuando el sueño me vence y él dobla involuntariamente sus patas, apenas me permito dormitar sobre los trapos de la cocina. A veces me refugio en el pequeño patio trasero cercado por paredes muy altas. Mi piel que la he cuidado tanto se ha vuelto gruesa, áspera, dura. No he hablado con ninguna persona desde que el elefante con extraño bigote habita mi casa. Nadie ha tocado a mi puerta. Temo convertirme en un gran animal con bigote. Alguien pudiera decir que no estoy asustada. Quizás. Siento que me estoy volviendo paquidermo. Que estoy muriendo. Que no tengo lugar. Que no tengo lugar donde desahogar esta cobarde melancolía.


R2013MiriamMireles"

@Miriam_Mireles

 www.foxplay.com






miércoles, 13 de noviembre de 2013

NOCHE FANTASTICA


    Avanzaba la tarde y Carla, pensativa, mordisqueaba una manzana, degustaba su sabor y apreciaba la textura de la fruta. Trataba de poner en orden sus pensamientos. La ruptura con Javier la hacía ver todo monótono, triste y aburrido. Nada nuevo ocurría. 

   Había llovido mucho toda la tarde y Dios dirigió, Virtuoso al fin, un maravilloso concierto de relámpagos, truenos y lluvia. Actuaba además, como invitada especial, la Coral de las Chicharras Caraqueñas, bajo la batuta de su fundadora, Irina Capriles, orfeón que formaba parte de sus sueños terrenales. 


     Movida por un impulso, Carla levantó la vista, y para su asombro, vio adherida a la rugosa superficie del techo  del salón a una chicharra que parecía ir contra la ley de gravedad. A su vez al insecto le pareció también muy extraña la pose de la chica que lo miraba desde abajo. ¿ A qué se debería esa actitud sorprendida?
    
     -¡Hola!- saludó Carla- Bienvenida a casa.
 Una agradable voz masculina contestó su saludo.

   -Buenas noches, bella señora,  ante todo le informo que pertenezco al género masculino, sólo que a primera vista no se distingue. Disculpe mi abuso al entrar sin ser invitado a su casa; pero lo cierto es que venía muy agotado del concierto de la coral. Al pasar por su ventana abierta, vi todo tan acogedor que no resistí la tentación de ver su casa y aquí me tiene. Mis disculpas,  señora.

   -No tiene por qué presentarlas, señor Chicharra, más bien sería yo la llamada a hacerlo por mi confusión. Descanse y póngase cómodo, por favor. Es más ¿Le puedo ofrecer algo de tomar y de comer? Pues me imagino que debe estar muy fatigado.

   - Sólo un poco de agua, señora, gracias. Como poco, sólo lo necesario, en cambio, tomo mucha agua. Por eso ya conoce las consecuencias de nuestra especie, pero no se preocupe que tendré mucho cuidado.

   Carla fue por el vaso de agua que sació la sed del visitante. Al devolverle el vaso ella le dijo:

   -El baño está frente a la biblioteca, para cuando lo requiera.- Luego, ya tuteándolo, añadió: 

   - Mi nombre es Carla y el tuyo?

  - ¡Qué descortés he sido al no presentarme. Mis disculpas, Carla. Mi nombre es Salvatore Bonsoir.
  
   - ¿Nombre italiano y apellido francés?

   - Sí, mi madre es italiana y mi padre del país galo.

    - Los míos son venezolanos, pero de origen español, pues mis apellidos son González  y  García.  ¿Y de dónde viene tu afición musical?

   - Bueno, imagino que sabes que todas las chicharras o cigarras, como nos llaman algunos, cantamos siempre. Eso es algo que viene en nuestros genes. Pero, en mi caso, bastante marcada esta herencia, pues mi padre era tenor, y mi madre soprano. Ambos muy cotizados por los principales teatros europeos:  la Scala de Milán, La Fenice en Venecia y el Teatro de la Opera de Viena.

     ¿En serio?- preguntó asombrada Carla.

   - ¿Por qué lo dudas? Es más, mi padre conoció a mi madre, cuando interpretaron "Tosca", de Puccini. Ella, como la cantante  Tosca y él como Mario, el pintor. Se por experiencia que lo de mis padres fue un gran amor. Cantaron juntos varias óperas y se compenetraron tanto y de tal manera, que se dieron cuenta que estaban hechos el uno para el otro y se casaron poco tiempo después. Luego, nació mi hermana Floria, y a los cinco años lo hice yo, cerrando conmigo la fábrica de chicos. Recuerdo que teníamos una vida muy agitada por los compromisos  musicales de nuestros padres.

    - Hermosa historia, Salvatore. Pero, dime ¿Cómo es que tienes voz humana y tus padres también, por lo que me cuentas?

    -Esa es una larguísima historia de mi familia que ha pasado de generación en generación. Tengo entendido que se originó en  la Edad Media, cuando Armina, la hija de un rico terrateniente, se enamoró de  de Jean Pierre Bonsoir, uno de mis antepasados. Ella deseaba casarse con él, pues se consideraba rica y bella y no aceptaba que él fuera a hacerlo con con Salana, la humilde hija de un pastor de ovejas de la campiña francesa. En su despecho, Armina llamó a los brujos para que le practicaran a Jean Pierre un maleficio que dio por resultado que todos sus descendientes en esa región se convirtieran en chicharras, pero manteniendo la voz humana, -especie de impronta- que les recordaba que no eran ni insectos ni humanos, o como dicen en Venezuela, "ni chicha, ni limonada".

   -Pero ¿Por qué tus padres viniendo de lugares y familias diferentes tenían forma de insecto?

    - Querida, sabes bien cómo es el mundo. Nadie permanece estático en un solo lugar. Muchas personas viajan, se casan en otros países y resulta que siempre estás emparentado con alguien en  algún sitio  de este planeta. De allí el la expresión popular "el mundo es un pañuelo".

   - Lo que me cuentas es impresionante, Salvatore... -comentó la joven. Y luego acercándose al chico le preguntó: 

   - "... ¿ Y que tienes en el pecho,
     que encendido se te ve? ...", 

como dice el poema "Margarita" de Rubén Darío?
   
   Sonríe el chico, ante la pregunta de Carla.

    - ¡Ah, ¿En la cadena?... Es un kaspot que me regaló mi abuelo...

    - ¿Y qué es un kaspot, puede saberse?

   - No te lo puedo explicar, preciosa, sino demostrar, pues este objeto cilíndrico como un nanotubo me da poderes extraordinarios. Entiende bien, no vayas a confundirlo con los que otorga  una "ley habilitante"  mal entendida por ciertos presidentes que no saben aplicarlas de forma adecuada y justa, ¡No!- Por un momento Salvatore se queda pensativo; luego levanta la mano y  la coloca sobre la boca de la joven.


   - ¡No, Carla, no digas nada.  Ahora cierra los ojos y ábrelos sólo cuando yo te lo indique.- Pero, por favor, esta vez no me interrumpas.

   La muchacha prometió hacerlo y cerró los párpados con fuerza aguantando la respiración, como si este hecho corroborara su firme decisión. De pronto, ella escuchó un sonido agudo  que aumentaba con violencia, igual al que se escucha cuando uno se encuentra a bordo de un jet y silban las turbinas hasta convertirse en el continuo y monótono sonido de un avión en pleno vuelo.

    Por su parte, Salvatore, en minutos que le parecieron eternos, sintió que se elevaba alto, muy alto hasta entrar en la estratosfera. Sintió que atravesaba constelaciones, chocaba con naves espaciales y con minúsculos meteoritos, para luego aterrizar  en forma abrupta. 

  Cuando cesó el ruido, la chica, aturdida y un poco sorda, escuchó la orden de Salvatore.

   -¡Ya, Carla, ya! Ahora sí puedes abrir los ojos.

   ¿Pero, de dónde salía esa voz profunda y desconocida?  - Se preguntó la muchacha, en medio de una gran confusión.


   La joven se llevó las manos al pecho para tratar de calmarse, así que al escuchar la orden, obedeció, pero al hacerlo, lo que vio ante ella fue la figura de:


   Un hombre  joven con aspecto deportivo que la miraba sonriente.






Caracas, 1992 - Noviembre de 2013
IMAGENES: WEB




sábado, 25 de mayo de 2013

UNA FAMILIA MUY LARGA



      Esta es la historia de  Justino, un chico huérfano, quien por carecer de parientes cercanos o lejanos que lo reclamaran, tuvo que vivir en un hospicio. Sus únicos hermanos fueron niños que al igual que él, siempre soñaban con sus padres ausentes. Dada esta  gran carencia, a medida que crecía, el chico se prometió a sí mismo tener una familia tan grande, tan grande como no hubiera otra en el mundo. Ese era su gran sueño. Y como este niño era muy inteligente, una vez terminados sus estudios secundarios con altísimas notas, se ganó una beca para estudiar Informática. Sus estudios universitarios fueron tan exitosos que se graduó con honores, pues su mente volaba como el pensamiento, en la solución de problemas. Asistió a conferencias y también  a talleres. Más tarde fue profesor titular de una universidad muy reconocida y creó una firma propia como ingeniero de computación. Fue entonces, cuando consideró que era tiempo de formar una familia,  y que dependiendo de sus recursos y sus deseos, debería  muy numerosa. Y fue así que Justino se casó con Josefina, cuando aún no llegado a la treintena. De esa primera unión tuvo cinco hijos que amó  amó mucho. 
     Su trabajo le hizo recorrer el mundo. Entonces conoció a Carmela, a Kaa-Lue, a Samantha y a Sue Pong. Se casó con cada una de ellas, de acuerdo a las respectivas leyes y religiones de sus países de origen.  Justino distaba mucho de considerarse polígamo y mucho menos infiel, pues a cada una -según él- les dedicaba todo el tiempo necesario como para no sentirse culpable de sus ausencias. ¿Y como sentirse  mal si debía trabajar para mantenerlas?
    Tuvo nuestro personaje en total veinticinco vástagos -entre varones y niñas- distribuidos así: como  ya se mencionó,  cinco con la primera esposa; cuatro con la segunda; con la tercera, seis;  cinco vástagos vinieron al mundo en su cuarto matrimonio y cinco más, en su quinto matrimonio. 
     La comunicación con sus familias, gracias a las nuevas tecnología, fue siempre muy buena, casi excelente, si no fuera por las continuas ausencias, producto de su intenso trabajo.
   Pero como en esta viña del Señor, nada es perfecto, sucedió que él mismo, dormido, o no tanto, confundió los nombres de sus esposas y todo se supo. Surgieron celos, malos entendidos, y la desconfiaza, que antes no existía, fue la sombra que que cubrió su vida. La salud de Justino, con tantas angustias y sufrimientos  se fue apagando y no hubo médico que pudiera ayudar al padrazo a quedarse en este mundo para poder ver sus nietos. Así que una tarde partió, como todo mortal,  a  rendirle cuentas al Creador.
      Y sucedió que, al llegar al Cielo, Justino tuvo que esperar un buen tiempo en el despacho de San Pedro, pues aún el santo portero no había recibido las Ordenes Divinas sobre el destino final del fallecido: Cielo, Purgatorio o Infierno. El tiempo pasaba y Justino desesperaba, pues estaba casi seguro de haber merecido el Cielo, por haberse portado bien con su larga familia, a quienes, -creía él - haberles dado todo lo que necesitaron. Estaba seguro de haber cumplido como padre.
     La tardanza de la Decisión Divina, según fue informado San Pedro, se debió a que sus respectivos hijos, a quienes él había amado tanto, en sus oraciones rogaban: "Dios lo tenga en la Gloria" y las esposas, en cambio, a pesar de haberlas amado  también, le imploraban al Creador; "Ojalá Justino esté ardiendo en la quinta paila del infierno".
   Después de una larga espera, llegó la Divina Decisión. Dos Arcángeles  acompañaron a la angustiada alma del difunto a viajar en una nave celestial a un lejano lugar al fin del mundo, a pasar la breve temporada de

¡DOS SIGLOS EN EL PURGATORIO!

Caracas, 1994
Imágenes: Web

sábado, 25 de agosto de 2012

LAS ANDANZAS DEL RECLUTA TORIBIO CUEVANEGRA

    

GUAYASAMIN (WEB)

     La escasez desplegaba su manto de miseria por todo el país. La prensa comentaba que algunos niños desnutridos habían tendido sus redes a los flamingos para atraparlos y alimentarse con su carne roja, pues la blanca no existía ya en el pueblo. La cacería y la pesca de ciertos animales como las garzas, las tortugas y otros representantes de la fauna que habitaban los parques nacionales, estaban prohibidas, pues iban en contra de la preservación de las especies animales. Sin embargo, el hambre es muy tozuda y los niños no entienden ni de leyes ni de prohibiciones, cuando el estómago rasguña.
     Mientras esto ocurría, el Poderoso, primera autoridad del país, veía con pasmosa indiferencia todo lo concerniente con el hambre, el desempleo e importándole un rábano la calidad de vida de sus pobres desgobernados. Para él y su séquito gubernamental la situación era otra. Regalaban al paladar con exquisiteces propias de los caprichos gastronómicos de los sultanes del Norte de Africa. Una vez incluso las cosas llegaron a tal extremo,  que durante una de las muchas visitas que le hizo otro mandamás de un país vecino, quiso halagarlo - luego de investigar sus gustos gastronómicos- y ordenó a su chef personal que elaborara el plato favorito de su invitado: ¡Uno de los galápagos que estaba en vías de extinción! Cuando el cocinero quiso advertirlo de su error, el Poderoso vociferó:
     - ¡Es una orden, carajo. Cocínele la tortuga, aunque sea tiempo de veda!
     En cuanto al vestir y el vivir, el lujo siempre era el invitado especial de la cúpula gubernamental. Joyas, viajes y autos estaban a la orden del día y de la noche del Poderoso, sus ad láteres y familias. Mientras tanto, el pueblo padecía hambre por la gran escasez de insumos básicos. Cuando llovía las casas y los puentes se caían; la electricidad fallaba y los artefactos eléctricos se dañaban. Llegaban a su fin tuberías descuidadas. Reinaba el caos, pues.

    Una tarde se encontraban reunidos cuatro amigos sentados a la mesa, en una taguara que llevaba el ostentoso nombre de "LA PROSPERIDAD". Ellos, como el resto de la población lucían desnutridos, pero no renunciaban al gusto de  tomar una cervecita bien fría, cuando la ocasión se presentaba. Entre ellos se llevaba a cabo la siguiente conversación relacionada con la preocupación del día: el desempleo.
     Se devanaban los sesos buscando la manera de ser productivos y nada. Habían tocado muchas puertas sin éxito: la mayor parte de las fábricas había cerrado sus puertas y las que sobrevivían, habían reducido su plantilla. Y ni hablar de las empresas del gobierno. Allí se les exigía pensar como el Poderoso en aras de colaborar con el desarrollo del país.
Eso conversaban, cuando Remigio Garzas, el más viejo del grupo ordenó al dueño de la taguara:
     -¡Tráenos otra ronda, José del Carmen, vale!
     -¿ Y con qué van a pagarla, se puede saber?- Preguntó el dueño del local, cansado de fiarles el consumo que ya llevaba varios meses de atraso.
     -¡Ay, Jacinto, no nos vengas con bolserías ahora, vale. Más pronto que tarde, como dicen ahora los políticos, volveremos a ponernos al día contigo. No te vas a arrepentir, pues te pondremos a valer el negocio. Hoy por mí, mañana por tí, hermano.- Explicó, tratando de ser convincente, Toribio Cuevanegra.
     Entonces el hombre colocó de mala gana las botellas sobre la mesa.
     - ¡Sin exigencias, carajo, que se acaba de ir la luz!
   Cuando  los compañeros de infortunio volvieron al tema laboral, Remigio Garzas, recordó repentinamente algo que había leído en la prensa y se lo comunicó a sus compañeros.
     - Pero ¿Es que no saben? Tres pares de ojos interrogantes se clavaron en los suyos. Entonces, contento por dar la buena nueva, acompañó su discurso con una manotazo sobre la mesa.
     -¡Leí en el periódico esta mañana que están solicitando reservistas en el Ejército Nacional! ¿Por qué no van a la Reserva?
      -¿Reservistas? No, vale, ya yo hice mi servicio militar a los 18 años,- dijo Aquiles Aprieto. -Ahora tengo 58- comentó celebrando con una carcajada la ocurrencia de su compadre.
     - ¿Y sabes también cuántos años tengo yo, Remigio?- Preguntó a su vez Salterio Rojas- En enero del año que viene cumplo 60. ¿Entonces, dime, carajo cómo voy a enrolarme en el Ejército?
     -Y yo 47...- comentó Toribio Cuevanegra en voz baja, tocándose la rodilla adolorida por el reumatismo que no lo dejaba en paz.
     Remigio Garza, quizás por ser el de más experiencia, apuntó  que no había que desesperarse, y los alentó una vez más a tocar la puerta del cuartel.
    Los amigos discutieron hasta que cayó la noche, llegando a la conclusión de que no había peor diligencia que la que no se hacía, y no dejando de pasar la oportunidad, al día siguiente se dirigieron al puesto militar a tratar de abrir, si no la puerta, al menos el postigo de la esperanza.
     La fila de reservistas era larga, torcida y heterogénea en edades y estaturas.
     - ¡Cuevanegras, Toribio! - llamó con voz de trueno el Comandante de la Comisión de Reclutas-. Cuando el soldado en ciernes se le acercó, midió con la mirada la triste figura del recluta y luego le entregó la ropa y el calzado de reglamento. Toribio observó que la talla que  le habían suministrado era muy grande, y así se lo hizo saber al superior.
     -¡Silencio! Ordenó el jefe- Amárrese bien los pantalones si le quedan flojos, y pase ahora mismo al Departamento Médico.
     Sin chistar Toribio siguió las  instrucciones impartidas. Esta vez su anatomía fue sometida a la revisión médica de rigor.
    Luego del examen realizado, el médico concluyó:
     - El cabo tiene reumatismo, pero no se preocupe que aquí, hermano, tenemos la solución para todos los males. Una buena dosis de dayamineral lo pondrá en forma, ya verá.- Y diciendo esto le entregó un frasco del polivitamínico al recluta, mientras escribía en un papel las indicaciones para el tratamiento. Toribio, agradecido, antes de retirarse se volvió hacia el médico y le preguntó el nombre.
     -Evaristo De la Isla, cabo. Para servirle aquí en el Departamento Médico de las Fuerzas del  Desa Rollo Armado.
     Luego, a cada uno de los soldados le fue asignada una tarea. La del cabo Cuevanegra consistía en trasladar y limpiar el armamento . Este trabajo cansaba aún más sus adoloridas extremidades, situación que se agravó con la llegada de las lluvias. Entonces, el recluta buscó alivio a sus males en el dayaminaral recetado por el médico del cuartel, pero a pesar de haber consumido ya varios frascos, el pobre hombre se sentía cada vez peor de la artritis.
     Una mañana muy temprano Toribio trasladaba una carga de armas y municiones a un galpón, en medio de un aguacero. Y sucedió, que mientras esto hacía, le dio un fuerte dolor en una de las piernas. A pesar del inmenso esfuerzo que hizo por sostenerse en pie, el recluta resbaló y cayó al suelo en medio de un estrepitoso ruido, pues junto con él lo hizo la carga y uno de los rifles se activó y fue a dar ¡Cosas del Destino! en el único sitio no blindado del Poderoso, quien justamente esa mañana pasaba revista a los nuevos reservistas del cuartel.
     Simultáneamente a la caída de Toribio y al disparo del arma, se activaron también los cuerpos de seguridad del Régimen, que no sabía qué estaba ocurriendo en aquel desastroso momento de confusión, pues estaban confiados en que la seguridad de Poderoso estaba garantizada. El Poderoso fue trasladado inmediatamente al Hospital Cuartelario, donde fue atendido por el equipo médico militar en el quirófano. Allí los equipos médico-quirúrgicos habían sido fabricados con el más noble de los metales sólo para el uso exclusivo del Poderoso y algunos de sus fieles acólitos.
      La angustia y la preocupación  por la salud del Poderoso invadió al tren gubernamental y a la Junta Médica formada por los más calificados especialistas nacionales y extranjeros, pero a pesar de agotar todos los esfuerzos científicos y tecnológicos utilizados, el Poderoso se marchó de este mundo, sin embargo, no como vino a él, desnudo, sino forrado en oro de l8 kilates.
     El timbre celestial sonaba sin cesar, mientras San Pedro se dirigía presuroso hacia el portón, tintineando nervioso su manojo de llaves.
     - Voy, voy. Ya le abro, un momento, por favor.
     Ese día el Santo no se daba abasto con el trabajo, a pesar de la ayuda suministrada por Dios: Angeles, Arcángeles y Querubines lo acompañaban en su trabajo diario. Finalmente, y a pesar de la fuerte conjutivitis que lo aquejaba, abrió el pesado portón celestial. Pero he aquí que al hacerlo, un destello más brillante que los rayos del sol hirió sus adoloridos ojos. Encandilado, alcanzó a ver la figura fornida de un hombre envuelto en una lujosa capa dorada. Detrás de él, estacionada en la Himmelstrasse -la calle del Cielo-, una inmensa nave de oro desprendía unas chispas que pretendían opacar al Astro Sol y las estrellas del firmamento. De ella  había desembarcado el extraño visitante. Entonces el santo portero horrorizado ante tal espectáculo, cerró el Portón Celestial. Pero he aquí que el hombre de la capa de oro continuó sonando el timbre, enloquecido en su afán de entrar en la Gloria. Y no dejaba de gritar:
     -¡Abrame la puerta de una vez por todas, San Pedro, pues vengo a hablar con Dios. Mi misión en la tierra no ha terminado; es muy importante y debo volver allá cuanto antes. El mundo entero espera por mí.
     Al fin el venerable anciano, exasperado por el arrogante comportamiento del  visitante, que por todos los medios trataba de quebrantar la paz celestial, abrió nuevamente la puerta para decirle:
     - ¡Criatura desconocida: tu inmenso irrespeto por las Alturas no te hace acreedor a irrumpir en La Gloria. Creo que te has equivocado de puerta. De la tierra me han llegado cantidad de almas que me han contado de tu mal trato e indiferencia con los seres que te rodean. Si te asomas por la puerta lateral del Cielo, verás la cantidad de inocentes que esperan por mí para darles el permiso para ver al Creador. Te repito, ésta y no otra es la puerta de los Justos. La puerta del Infierno queda en un ignoto lugar al que lo conducirá uno de nuestros Angeles. Allá lo recibirá gustoso Luzbel, en su salón V.I.P., llamado también, "LA QUINTA PAILA".
       Y una vez dichas estas palabras, el Santo cerró con llave la divina puerta del Reino de los Cielos.
    

 IMAGENES: WEB


Caracas, 2003/abril, 2004
    




sábado, 21 de julio de 2012

CONFESIONES EN LA BARRA





     Fuimos a cenar a uno de esos locales que abundan en Puerto La Cruz y en los que la comida del mar hace la delicia  de todos los comensales. La semana había sido una de las más agitadas de los últimos meses, pues cerrábamos ya con el cronograma de trabajo de un proyecto en el que yo formaba parte. La última ruta había sido: Caracas-Anaco-San Tomé-Puerto La Cruz. Era viernes y uno de mi compañeros y yo deseábamos regalarnos con  una buena cena, comenzando con  una cerveza bien fría.
      En la hostería había muchísima gente. Claro, era viernes y todo el mundo allí presente, con seguridad se disponía a comenzar bien ese fin de semana.
     Algunos turistas canadienses disfrutaban de cazuelas de mariscos y apetitosas langostas, celebrando con exclamaciones alegres el tamaño gigantesco de muchas de ellas, que, balanceadas con gran agilidad por los mesoneros, lograban ¡Por fin! aterrizar en sus mesas.

     Sin embargo, observé que casi todos los presentes, a excepción de este grupo de turistas,  eran venezolanos, pertenecientes, casi todos a una empresa que celebraba una fiesta. La familiaridad de las personas  que deambulaban entre las  mesas y  la barra era tal, que me llevó fácilmente a esa conclusión.
     La barra, dispuesta a los pies de una banda de jazz, - que en ese momento interpretaba un blue - permitía observar con bastante comodidad el espectáculo musical desde cualquiera de sus asientos,  así como a  los aficionado intervenir  y hacer gala de sus habilidades vocales.
     Dije que con bastante comodidad, para quienes ya estuviesen sentados a la barra, porque para yo poder llegar hasta ella, Eduardo, mi compañero, casi hizo un túnel entre el gentío que la ocupaba. Por fin nos ubicamos, pero al rato mi amigo se levantó para saludar a alguien de la empresa y se quedó conversando un buen rato. Entonces,  ordené a un sudoroso mesonero mi cerveza "bien fría" y algo para "picar". El aire acondicionado, funcionaba, sólo que casi no se sentía, debido la cantidad de gente  hacinada en el local.
     De pronto, a pesar del bullicio, escuché a dos hombres jóvenes que hablaban detrás de mi. El rubio  decía al moreno:
     -Oye Juan, pana, es que ese tipo es brillante, no cabe la menor duda. Con razón arrasó con todos los premios de la compañía. Hasta un viaje al Brasil se ganó ese desgraciado.
     El otro, asintiendo, mientras apuraba un trago, contestó:
     -Tu tienes razón. Yo me le quito el sombrero y le admiro. Sería tonto no reconocerlo. Hay que ver cómo José Tadeo Valenzuela elevó el porcentaje de ventas de equipos  en la empresa. Mira cómo celebran todos en Burroughs, y señaló una mesa vecina, donde se encontraba la directiva.
     -Bueno, amigo, dijo el rubio. Los premios otorgados a Valenzuela son justos. !Hay que ver cómo se fajó, cómo trabajó! Realmente no se de dónde sacó tanta energía! !Este es su año! Hay que admirar su talento. 
     Las voces se perdieron entre los golpes de la batería y la música, que nuevamente comenzaba a sonar.
      A pesar del saxofón, que en ese momento hacía un solo, me entregué a la siguiente reflexión:
     !Dios mío! ¿Cómo habrá hecho ese señor  para obtener tantos premios?Quisiera saberlo, porque por más que me he esforzado sólo he tenido un "éxito" relativo. He salido a altas horas de la noche; me quemé una vez un pie en una caldera, a bordo de un tanquero, al buscar información para un proyecto; he realizado otros en diversas regiones de la empresa, pero el reconocimiento no ha sido nunca celebrado como estos logros. Mi evaluación ha sido muy buena, pero ese triunfo tan marcado, aún no lo conozco...!Ya quisiera sacarle mayor provecho al cerebro e irme un poco más allá del famoso veinte por ciento utilizado!... ¿Cuál será la fórmula? Me preguntaba. 
     Imagino que el cansancio acumulado del viaje y el calor me pusieron de mal humor. Tanto trabajar de aquí para allá, tomar aviones y madrugar, para  que todo quedase en una  muy buena evaluación y el consabido aumento de sueldo !Sólo eso!  ¡Cómo quisiera conocer la fórmula del éxito.
       Decidí escuchar la música y no abatirme por un triunfo que lo más probable era que me estuviera esperando. !Eso! pensé optimista- mi momento no ha llegado todavía.
     Eché de menos a mi compañero y le  vi al fondo. Todavía conversaba con el colega de la empresa. Captó mi mirada interrogante y con un guiño de ojos que yo interpreté como "tranquila-ya voy-ya estoy contigo", continuó, lo más probable, en su afán de componer la empresa,  y arreglar el mundo.
     Busqué al  mesonero con los ojos. Tenía apetito y deseaba ordenar. Entonces observé, al volverme para seguir al mesonero que se me escapaba, solicitado por otros clientes, que en el puesto dejado por mi compañero se había sentado un muchacho  moreno, bastante joven. Quizás lo parecía más por sus facciones un poco aniñadas que no hacían juego con la barba tupida y negra que le cubría el rostro.
     - Aquí tiene su bebida - interrumpió otro mesonero, distinto al que  se me escapó.
     - ¡No! Yo  no he ordenado whisky, pero ya que está usted aquí, tráigame la carta por favor- le dije suplicante.
     - Entonces ¿De quién es la bebida?
     Mi vecino, con una voz mucho más madura que el rostro le contestó:
     - ¡El whisky es mío, señor, lo ordené al final de la barra. Por favor, póngalo aquí!
     Entonces, aproveché para ordenar la cena para mí. Ya lo haría Eduardo cuando regresara de su amena tertulia. El incidente del aperitivo sirvió para iniciar la comunicación, por mi parte, con una sonrisa, que mi compañero de barra me devolvió con timidez, mientras sacaba el pañuelo del bolsillo del saco y se lo pasaba por la cara.


     - ¡Qué confusión y qué calor ¿verdad?
     Asentí mientras me abanicaba con la servilleta de papel que tenía entre las manos, ya casi deshecha.
     - Sí, hay mucha bulla y el calor aprieta...
     - ¿Cómo te llamas?
     - Gabriela, Gabriela Martínez ¿ Y tú?
     - José Tadeo Valenzuela- me contestó, mientras escondía un poco la cara, como queriendo escapar de algo.
     Entonces, sorprendida, recordé la conversación de los dos amigos y le pregunté:
      - ¿Entonces eres tú,  por casualidad, el agasajado, el que obtuvo casi todos los premios  anuales de  tu empresa ? 
     Por toda respuesta enrojeció,  se echó hacia atrás y comentó- Las noticias son como las brujas de los cuentos: vuelan.
    Le dije que había escuchado comentarios muy favorables de él, allí mismo, en la hostería. Entonces José Tadeo, pareció más confundido; tuve la impresión, incluso de que se ruborizaba de ser quien era.
     Luego, le pregunté lo que me había preguntado a mí misma hacía rato ¿Cómo había puesto a funcionar su cerebro? ¿Cuántos Post Grados tenía? ¿Cuál era el secreto de su éxito? ¿Había sido muy difícil?
     La fuerza de mis preguntas le hizo sonreír, pero también pareció sentirse algo incómodo, a juzgar por la brevedad de sus respuestas. 
     -Sí, fue  muy difícil. Lo fue. Bastante difícil, sí.
Noté, además, que algo, no sabía qué, le había enturbiado los ojos.
     Entonces, suspendí el interrogatorio. No quería molestarle, ser indiscreta.
     -Hubo un silencio que luego José Tadeo rompió con una tímida sonrisa.
     -¿Qué pasó, Gabriela? ¿Por qué tan callada? - me preguntó al rato.
     - ¡Ah!... ¡No!... Bueno, es que no te quiero molestar.
Con nostalgia me confesó que él no había podido terminar sus estudios universitarios. Se había retirado dos años antes  de terminar Ingeniería de Sistemas en la Universidad Central de Venezuela. Las razones? Se había casado y no había podido estudiar y trabajar al mismo tiempo. Era de familia modesta y... Se  quedó un buen rato pensativo. 
     Lo observé intrigada y pregunté:
     ¿Entonces cómo obtuviste esos logros? ¿ Cómo pudiste tener un "record" tan grande en las ventas y obtener todos los premios?  Tiene que haber una explicación ¿Verdad?
    Comenzó a hablar, y lo hizo con  cierto aire ausente, pero dándole a las palabras, a las frases, un énfasis especial... Tomó  un sorbo de whisky  y dejó escapar un profundo suspiro, que yo pensé que casi le quebraba el alma. No interrumpí el discurso claro, pero velado por una profunda tristeza. 
     -No sé, Gabriela, cómo pasó todo, -tomó un sorbo de whisky-. Mi mujer falleció en un accidente automovilístico el año pasado y me hundí en una gran desesperación. Comencé a beber de la noche a la mañana y casi me alcoholizo. Estuve perdido, perdido entre el dolor y la tristeza. Pasé días,  meses, desesperado. No aceptaba la desgracia. La rechazaba. Luego, me rechazaba a mí mismo: no quería vivir. El dolor era muy grande. No se cuánto tiempo pasó. Sentí que me hundía, que caía en un profundo hoyo, en un agujero negro. De repente un día todo cambió: dejé de sentirme  tan triste; tan deprimido. Bueno, no es que me sintiera alegre tampoco,  pero, de pronto, una nueva fuerza me impulsó a no desperdiciar un solo minuto del día ni de mi vida. Comencé a trabajar uniendo la noche con el día y el día con la noche. Descansaba poco, pero ese poco me imagino que me daba nuevas fuerzas para continuar.
    Hizo una pausa para frotarse las muñecas, las manos, mientras la mirada le empequeñecía  los ojos impregnados de recuerdos. Se quedó un momento callado, sacó el pañuelo, lo pasó por el rostro húmedo  e hizo una pausa silenciosa, que acompañó con un profundo suspiro.
     Refresqué  mi garganta   y no le interrumpí. Escuchaba atenta  esa voz cálida , cargada de recuerdos. Respeté las pausas, los silencios.
     -Entonces - continuó- se sucedieron los días, semanas, meses sin que yo me diera cuenta: sólo ese impulso, extraño y fuerte me empujaba a hacer, a tomar decisiones, a seguir, a seguir adelante. Me sumergí con fuerza con ganas en el trabajo... hasta que un día me llamó el Gerente General de la Burroughs para felicitarme por mis logros. Yo me sorprendí, porque lo que había hecho había sido trabajar trabajar, sólo trabajar, siguiendo las pautas de la empresa y las órdenes de un fuerte impulso, solo eso.
     Ahora si no pude más y le pregunté:
     - ¿Un fuerte impulso, dices?
     José Tadeo se quedó pensativo, callado por un rato que se me hizo interminable, mientras se transportaba al pasado, y lo mostraba AHORA a él, en un presente extraño, etéreo. Así fue como lo percibí, cuando, al fin me respondió:
     - Sí, fue una fuerza, un impulso que surgió, cuando una noche, luego de mucho llorar, mi mujer se apareció en el cuarto, me tomó por la mano y me dijo: "Deja ya de llorar, José Tadeo, amor mío,  que estoy contigo. Soy muy feliz donde me encuentro, pero vine, porque quiero ayudarte a ser un triunfador en la vida".

Caracas, Octubre de 1997/
Revisión: agosto 2021
IMAGENES: WEB

lunes, 7 de mayo de 2012

ORDENES SON ORDENES; Episodio basado en el desastre del Sesostris, durante la Segunda Guerra Mundial




PLAYAS DE PUERTO CABELLO (WEB)
 
0RDENES SON ORDENES;Episodio basado en el desastre del Sesostris, durante la Segunda Guerra Mundial. (CUENTO FINALISTA EN EL 5o CERTAMEN LITERARIO 2008. BUENOS AIRES, ARGENTINA) www.pfdb.com.ar

Corría el año 1939 y había estallado ya la Segunda Guerra Mundial. Yo formaba parte de la tripulación del buque “Sesostris”,  como Oficial de Máquinas. Nuestro vapor, a pesar del reciente conflicto bélico, desafiaba el peligro que significaba surcar un océano infectado de submarinos aliados, cargando y descargando mercancía en los puertos registrados en agenda.
Una vez navegábamos por el Caribe, justamente muy cerca de las costas venezolanas, con nuestro cargamento de asfalto, madera, cacao y café, cuando comenzaron a asediarnos los barcos ingleses y franceses, como si fueran piratas. Temían que hubiésemos asistido a naves enemigas. Todas estas dificultades, en circunstancias tan peligrosas, entorpecieron nuestro trabajo y pensar en regresar a Alemania se hizo imposible. Tuvimos información de que seis barcos italianos se encontraban en la misma situación que nosotros. Entonces nuestro capitán, al igual que  lo hicieron los de las naves italianas, solicitó refugio en Venezuela por tratarse de un país neutral. Tal petición fue aceptada por el gobierno de turno, con instrucciones precisas de seguir rumbo hacia Puerto Cabello, región ubicada en la costa central de Venezuela.
Dadas las  particulares circunstancias de nuestra llegada al puerto,  nuestra adaptación al lugar no resultó fácil. Había problemas de toda índole.  Las noticias de los avances enemigos nos inquietaban y nuestras victorias nos animaban. Me sentía muy angustiado al no tener noticias inmediatas de mi familia. El dinero comenzó a escasear: no teníamos manera de obtener nuestro sueldo. Fueron momentos muy difíciles para la tripulación del Sesostris. Providencialmente el gobierno venezolano, en un gesto de solidaridad, se comprometió a pagar la remuneración de los oficiales y subalternos, mientras estuviéramos en calidad de refugiados. Esta actitud del gobierno venezolano  fue celebrada con júbilo por nosotros.
Nuestra suerte aumentó, gracias a Dios, con la recepción que nos hizo la colonia alemana en Puerto Cabello, cuando atracamos en el puerto.  Muchos de nuestros compatriotas eran prósperos comerciantes, y nos ofrecieron su ayuda para cualquier cosa que necesitáramos.
El tiempo fue pasando, y mientras tanto, yo realizaba pocas actividades profesionales a bordo. Me dediqué a la talla de la madera y a la elaboración de barcos célebres, hobby que,  al igual que a mis compañeros, me llevaba buena parte de un tiempo forzosamente libre.
Aunque echaba de menos Hamburgo y, sobre todo a  mi familia, poco a poco me fui acostumbrando a mi nueva vida. Puerto Cabello era una ciudad acogedora, y su gente, increíblemente cálida. Hice amigos y conocí algunas chicas con quienes ocasionalmente salí al cine o a un concierto. Otras veces me reunía con mis compañeros para tomarnos unas cervezas, o  también  perdernos por las callejuelas de la ciudad en busca de placer.
Pasaron entonces casi dos años, en medio de las vicisitudes de la guerra, hasta que un buen día el destino quiso que conociera a Gertrudis. Sucedió una tarde, cuando visité  el Club Unión. Había sabido por uno de mis compañeros que se organizaba un bazar navideño, y existía  la posibilidad de vender nuestras artesanías durante el evento. Entonces, sin dudarlo, tomé una muestra de mi trabajo y me dirigí a la oficina administrativa del club. Me recibió una bellísima chica. Era la Administradora del club.  Me dirigí a ella diciéndole, mientras le extendía la mano:
-Buenas tardes, señorita, soy Klaus Leihnert, Oficial de Operaciones del vapor Sesostris.  Mis compañeros de a bordo me informaron que pronto se celebrará un bazar navideño. Vengo a informarme si existe  la posibilidad de vender  en él algunos  trabajos de artesanía que hacemos en el barco.
          - Mucho gusto,- respondió - mi nombre es Gertrudis Mandel. Tome asiento, por favor.
Me informó que el  club abría sus puertas a todas aquellas personas que desearan  presentar artesanías y venderlas en el bazar. Luego, me preguntó si  había llevado alguna de las mías, y le entregué un timón que había llevado como muestra.
- ¡Qué talla tan linda! –Exclamó sorprendida.
- Gracias, señorita.
- Llámame Gertrudis, Klaus, por favor.
- Está bien, Gertrudis – dije  algo nervioso - a bordo tengo otras maquetas y tallas que también le puedo traer para que las vea en otra oportunidad -. Le dije que  mis compañeros tenían trabajos similares,  y ella  me animó a invitarlos a participar en el bazar navideño. Acordamos que mi propia entrega la haría al día siguiente. Como ya finalizaba sus labores, la invité a tomar un helado en la terraza del club. Me contó que su padre era alemán y su madre venezolana; él comerciante y ella, maestra. Me dijo, además, que había estudiado comercio en un instituto local, y que, desde hacía un año, trabajaba en el Club Unión. Nuestra conversación se extendió hasta casi entrada la noche.  Luego nos despedimos. Pero me prometí volver a verla.
CARGUERO ALEMAN "SESOSTRIS" (WEB)  
La organización del bazar sirvió de excusa para encontrarnos con frecuencia. Y luego también, pues la venta de las artesanías fue un éxito.  Compartimos almuerzos y cenas en el club.  Con frecuencia íbamos a la playa, al cine, a algún concierto; en fin, nos divertíamos, a pesar de los nubarrones de la guerra. Como era de esperar, Gertrudis y yo nos hicimos novios.  Nos gustaba  leer y escuchar música clásica. Además  de intercambiar libros, canjeábamos también clases de alemán por español.
Un día que nos bañábamos en la playa, ante la fogosidad de nuestros encuentros,  cada vez más apasionados, le propuse matrimonio. Yo ignoraba, dada nuestra situación de refugiados,  cuándo se produciría el regreso a Alemania; por eso quizás,  deseaba casarme pronto con ella. Además, estaba muy seguro de mi amor por Gertrudis. Así que le propuse matrimonio un día en la playa. Al principio ella me dijo que casarnos en ese momento resultaba un poco apresurado,  pero la convencí de que mi amor por ella no disminuiría nunca, y como ella también estaba muy enamorada de mí, al fin aceptó. Así que ese día, sin más dilación,  fijamos la boda para los primeros días de enero del año siguiente. Con la ilusión de formar pronto mi propia familia, mi tristeza disminuyó durante las fiestas de fin de año al recordar a los míos en Hamburgo. Mi novia y yo esperábamos ansiosos el Año Nuevo.

BODA EN EL CLUB ALEMAN (WEB)

 Nos casamos, como acordamos, a principios de 1941.  Nunca vi una novia más linda que la mía. Debido a los tiempos que corrían, sólo hubo una celebración muy íntima. Ambos éramos demasiado afines como para poner en duda la felicidad que nos esperaba. Nuestra compatibilidad de pareja fue total. Siempre nos sobró la pasión a la hora de la entrega mutua: cálida, hermosa, sin reservas. Y, sobre todo, constantemente renovada.
Una tarde paseábamos por la playa, y observábamos a lo lejos  los barcos atracados en el muelle del puerto. En el Sesostris ondeaba la bandera alemana con la esvástica.
Abracé entonces a Gertrudis y le dije emocionado que pronto, cuando terminara la guerra, nos iríamos para Alemania los dos solitos. Al escuchar mis palabras, me dijo que ir los dos solos era imposible, pues ya éramos tres. Mi alegría no tuvo límites y la zarandeé en el aire, mientras giraba como loco. La cubrí  de besos y  arena.
Una noche nos encontrábamos cenando mi mujer y yo en casa, cuando llegó Reiner Schmidt, un colega. Lucía agitado. Nos dijo que el Capitán Ziegler, había convocado a la tripulación a una reunión urgente esa misma noche,  a bordo del Sesostris. Así que debíamos apurarnos. Mi mujer me miró alarmada. Traté de calmarla, recordándole su estado, y le aseguré que estaría de regreso lo más pronto posible. Pero ella, haciendo caso omiso de mis palabras, estalló en llanto pidiéndome, mientras me abrazaba con fuerza, que no me fuera.
Entonces la separé con suavidad,  mientras  le decía con firmeza:
-No puedo, mi vida. Lo sabes bien: órdenes son órdenes.
Cuando el Capitán Ziegler entró a la Sala de Conferencias,  se dirigió a nosotros con voz clara y firme, mientras los músculos de la mandíbula se  le dibujaban bajo la piel. Nos informó que el día anterior, 29 de marzo,  el presidente  de los Estados Unidos,  F. D.  Roosevelt,  había dado una declaración, por la que se ordenaba incautar todos los barcos italianos y alemanes que se encontraban refugiados en puertos norteamericanos. México y Canadá habían tomado la misma determinación.
- Por esta razón el Alto Mando Alemán – dijo firmemente y sin vacilaciones  – ha dado órdenes precisas de planificar y coordinar el incendio y el  hundimiento del Sesostris  para mañana mismo.
A estas palabras siguió un silencio escalofriante. Todos transpirábamos. Nadie se movía. Observé los rostros congestionados de mis compañeros. No podía creer lo que estaba escuchando. La cabeza me estallaba.
    Varios equipos formados por ingenieros navales, mecánicos, electricistas y buzos iniciamos las operaciones  destinadas al hundimiento del Sesostris. Limpiamos el barco,  sacamos la documentación y redujimos a cero las reservas de combustible. Las últimas serían: abrir las válvulas de fondo y prenderle fuego al barco para, finalmente, abandonarlo. Traté de controlar al máximo mis emociones, mientras me dirigía  hacia el lugar donde se encontraban las válvulas de fondo. Terminaba ya de abrir la primera, cuando experimenté  una fuerte sacudida. Un dolor intenso me recorrió el cuerpo, paralizándome. Caí al suelo. En ese mismo instante me invadió una gran  confusión: escuché ruidos extraños; recordé momentos de mi vida;  vi a mis padres, a mi mujer y a mi hijo. Luego, sentí una profunda tristeza,  sentimiento que, paulatinamente,  fue transformándose en una indescriptible felicidad. Entonces empecé a elevarme, a elevarme;  y mientras atravesaba billones de estrellas, observé a mis pies, un hermoso y pacífico mundo sin fronteras.

      Desperté con el ruido de fuertes golpes. Desguazaban el buque para luego remolcarlo a Isla Larga, cerca de Puerto Cabello. Desde entonces, vivo allí, en las profundidades del Mar Caribe, donde velo por los restos del Sesostris, que, todavía, asoma su popa engastada de corales en una suerte de saludo al mundo. Cuido de la flora y la fauna marina que me rodea; mantengo vivo el recuerdo de aquella hermosa mujer que un día me hizo tan feliz, y protejo a los submarinistas y a los pescadores que me visitan,  entre quienes, tal vez, se encuentre sembrada mi propia simiente.

FOTO SESOSTRIS INTERNA (WEB)