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jueves, 14 de junio de 2012

DESDE UN RINCON DEL SALON



RETRATO DE NIÑA SENTADA
TurismoEnCazorla.com

No me puedo dormir, así que cuento ovejitas, como me enseñó mi abuela. Conté doscientas, y luego cien más, y lo que hice fue levantarme para buscar mi libro de cuentos e ir al baño. ¡Qué fastidio, no hago más que dar vueltas en la cama! Pienso en la fiesta de esta tarde. Mamá me fue a buscar después del trabajo al cumpleaños de Carolina y me preguntó que cómo me había ido; que si me había divertido y que le contara cómo la había pasado;  yo le contesté con pocas ganas algunas de las preguntas. A mami le llamó la atención que le respondiera  así, me preguntó si estaba cansada, le respondí que no, pero insistió en que una vez que llegara me tomara un baño tibiecito, comiera y me fuera derechito a la cama.

Me encantan las fiestas porque en ellas hago amigos. Siempre que voy a una, me encuentro con gente nueva: de otras ciudades o de otras urbanizaciones.  Nos enseñamos los  juegos de nuestros colegios, que a veces son iguales, pero otras  son diferentes.  Esto me gusta mucho, pues se hace más divertida la fiesta. Pero la de esta tarde fue una merienda muy distinta a todas a  las que he ido antes. Desde hacía días que contaba los que faltaban para hoy. Todo empezó a las cuatro, cuando llegaron los cuenta-cuentos y los payasos. Estuvo muy divertido, pues hubo juegos, adivinanzas y un concurso de baile en el que me gané un premio por quedar en el primer lugar.

Eso fue al principio, porque después estuve conversando con Isabela, una niña un poco mayor que yo, pues ella está en Quinto y yo en Cuarto. Creo que fue después de que Carolina apagó las velas y nos comimos la torta y los dulces, cuando ella me dijo que me tenía que decir un secreto, pero que era mejor que nos fuéramos a pasear a la alameda, pues en el jardín había mucha gente y nos podrían oír. Cuando comenzamos a pasear yo le pregunté a Isabela que cuál era ese secreto que ella me iba a contar  y ella me contestó:
- ¡Oye, Silenia! ¿Tú sabes cómo hacen los esposos para tener hijos?
– Bueno, –contesté extrañada- el hombre y la mujer se casan y luego se los encargan a la cigüeña.
- ¡Pero sí que eres boba! ¿Tú todavía crees en eso?
- Bueno, ¿Por qué no? Eso es lo que me han contado.
         - ¡No, chica, no seas gafa,  avíspate! Eso no es verdad.
- ¿Cómo que no?
- No es de esa manera como vienen los hijos al mundo
- ¿Entonces cómo, se puede saber?
- Pues, ven y te explico, pero no se lo digas a nadie, pues es un secreto. ¡Promételo! Y así lo hice para que me develara el misterio.
Entonces recuerdo que me haló por un brazo y volteó para todos lados para asegurarse de que nadie la estaba viendo, y me dijo una cosa horrible, tan espantosa que yo no puedo creerla. Me dijo que el hombre, es decir el  esposo, le metía a la esposa su cosita dentro de la de ella, y me dijo además, que la de él era muy grande. ! Qué horror! ¡Estoy muy asustada! ¡Yo no lo puedo creer todavía! ¿Cómo puede ser verdad algo así?
     Como yo le dije a Isabela eso, que no podía creer algo tan espantoso, ella me contó que ella misma lo había visto, cuando acompañó a Josefita, la muchacha que trabaja en su casa, ayer a la casa  de Arquímedes, el primo de ella. Me contó que, cuando llegaron él le tomó la mano y la empezó a besar y a decirle cosas al oído. Luego, de repente, Josefita se metió al cuarto con él. Isabela, mientras tanto se había quedado viendo unas revistas en el corredor. Al rato, me dijo que comenzó a escuchar unos ruidos raros y no hizo caso, pero como se hicieron más fuertes ella se asustó. Parecía que estaban asfixiando a alguien. Entonces Isabela se asomó por la ventana y los vio a los dos en la cama, moviéndose como cuando uno monta a caballo en el Club Hípico. Pero lo peor era que estaban  desnudos, dándose golpes, mientras ella, Josefita, gritaba. Cuando, al regreso, mi amiga le preguntó a Josefita por qué estaba peleando así en la cama con su primo Arquímedes, ella se rió y le contó a Isabela lo que ella a mí, hoy, bajo la promesa de que sería un secreto. Lo que  yo no entiendo, ni Isabela tampoco, es por qué Josefita quiere tener hijos ahora, si todavía no se ha casado ni se ha ido de luna de miel.
     Cuando Isabela terminó de contarme todo, me fui al salón y me senté, y desde allí mismo, desde un rincón del salón, me puse a observar a todas las señoras y a los esposos. Me asombraba la tranquilidad con la que caminaban las mamás de mis amigas; nada las incomodaba, hablaban, comían y se reían; parecían felices, a pesar de que algo tan grande había entrado entre sus piernas. Casi caminaban como lo hacía yo, sin separar las piernas. Igualmente los señores, quienes echaban bromas, jugaban con los niños y manejaban sus carros, como si no les molestara nada tener una cosa tan gigantesca entre los pantalones, y con eso haber hecho sufrir tanto a sus esposas. Lo que todavía sigo sin entender es  por qué todos parecen tan felices. ! ¡Dios mío, qué horror! ¿Cómo pueden? Mañana se lo contaré a Gisela, a Carolina y a …zzzzz...zzzzz...zzzz...



IMAGEN DE LA WEB


Caracas, 25 de julio de 2001 





jueves, 19 de enero de 2012

LA PREOCUPACION




CARACAS, 1940. WEB
Hace ya mucho tiempo cayó sobre Caracas una avalancha  humana   venida tanto del interior como del exterior del país, en búsqueda de trabajo.
Formando parte de este alud heterogéneo vino también desde Maracaibo, Hermógenes
Rincón con su familia. El era albañil  y plomero, pero pensó que instalarse en Caracas le procuraría un futuro  más prometedor para su mujer y sus cuatro vástagos. Esta idea le vino, cuando Eusebio Montiel, su primo que era comerciante, fue a Maracaibo  a pasar las navidades  y le habló sobre las  nuevas perspectivas de trabajo que se presentaban en la Metrópoli en el área de la construcción.  Los Rincón, al llegar a la Capital se alojaron en una pensión del centro de la ciudad. 

Como todo cuesta trabajo al principio, las cosas no se pintaron fáciles. Hacía algunos trabajitos, pero lo que ganaba no era suficiente para cubrir  todos los gastos, pues la vida  era  mucho más costosa en Caracas que en Maracaibo. Y sucedió que por más esfuerzos que hizo se retrasó en  el pago  del alquiler de la pensión. Hermógenes ya le había prometido al dueño, don Evaristo Barrigas que le pagaría al mes siguiente, pero no pudo hacerlo. Así que transcurrieron  tres meses sin que el jefe de familia pudiera cumplir con el sagrado pago de la casa. Por esta razón el  dueño de la pensión amenazó con desalojarlo si en el término de dos semanas no le cancelaba la deuda. Entonces la angustia de Hermógenes  creció tanto, ante la imposibilidad inmediata de incrementar sus ingresos, que no podía conciliar el sueño por las noches.

  Una mañana muy temprano se dirigió, como de costumbre al tarantín que había puesto con un vecino en una calle cerca de la plaza, en el que anunciaba en un cartelón de cartón  con grandes letras pintadas de negro, sus habilidades como albañil y plomero. Cuando llegó el verdulero que le hacía compañía en el toldo del negocio, se extrañó al ver la cara compungida del maracucho.

 -¿Qué te pasa, vale, tienes dolor de cabeza o de muelas?  ¿Algún problema en especial?-
-Siempre los hay, primo, siempre los hay. ¡Menos mal que Dios vela por uno!
Entonces Hermógenes le contó a su compañero el motivo de su preocupación con el casero. Al escuchar Judastadeo el problema, le aconsejó visitar la iglesia de San Francisco y confiarle al santo de su nombre -con razón llamado el Santo de los Imposibles- sus angustias. El estaba seguro que lo ayudaría, y diciendo esto sacó de su maletín una estampita del santo que le regaló a su amigo. Entonces Hermógenes sin olvidar la recomendación del compañero, al terminar sus labores se dirigió a la iglesia a solicitar con mucha fe el favor a San Judas Tadeo.
Y sucedió que al salir de la iglesia  un anciano muy pálido, apoyado en un bastón lo abordó tomándolo  bruscamente por el brazo, quien voz suplicante le dijo:
-Hijo mío, ayúdame y llévame a un hospital, pues me falta el oxígeno.
Toribio llamó al verdulero que tenía una camioneta y rápidamente  los llevó hasta el hospital, donde quedó el anciano al cuidado de los médicos y enfermeras, y Hermógenes regresó a su casa.
Pero el maracucho no  se olvidó del enfermo, pues cada vez que podía iba a visitarlo y a conversar con don Pascual, que así se llamaba el señor. Esti resultó  muy reconfortante para ambos y la amena conversación les hacía olvidar a ambos sus preocupaciones. Y fue en una de esas visitas cuando don Pascual le pidió encarecidamente le hiciera el favor de enviarle un telegrama a su hijo, que vivía en San Critóbal,  informándole de su situación de salud, cosa que hizó el visitante al día siguiente.
Una tarde, como era  ya costumbre, Hermógenes fue a ver al enfermo,  pero se encontró con la noticia de que el anciano ya no estaba, pues le habían dado de alta y su hijo se lo había llevado a San Cristóbal. Hermógenes sintió no haberlo visto, pero se contentó, pues  ya su amigo estaba ahora con su familia, como debía ser.
Luego, pasaron unas semanas en las que la angustia del maracucho crecía pensando en su ya, más abultada deuda. Se acercaba el plazo del pago de la casa y  por más que él sacaba cuentas, los compromisos familiares y el escaso ingreso no le alcanzaban  para ponerse al día con  el casero.
Un domingo muy temprano y en el plazo acordado, el dueño del inmueble apareció por la puerta de la vivienda de la familia Rincón. Cuando Hermógenes  informó al dueño que aún no tenía el pago, pero que muy pronto se lo daría -sin saber de dónde sacaría la plata-, el viejo le contestó furioso que solamente esperaría una semana más para el pago de la deuda, y que si no lo recibía, entonces procedería inmediatamente al desalojo de él y su familia. Dicho esto salió furioso, mientras dejaba al pobre inquilino más preocupado aún.
Una noche al regresar del trabajo, Hermógenes se encontró con la noticia de que le había llegado un telegrama de “Suárez y Suárez”, un escritorio jurídico ubicado en el centro. En el escueto mensaje se le solicitaba pasar por ese despacho “para asunto que le concierne”.  El pobre maracucho entonces pensó que ahora sí era verdad que las cosas se le había puesto color de hormiga.  Sin embargo, para no preocupar más a su familia trató de calmarse, y luego, en la fecha requerida se dirigió al escritorio de los abogados. Cuando llegó aguardó su turno en la sala de espera, mientras fuertes cólicos le mariposeban al pensar lo que le diría el abogado. Por un momento se imaginó rodeado de rejas. De pronto  escuchó  que la secretaria pronunciaba su nombre.  Las piernas casi no le obedecían cuando se paró y la secretaria lo hizo pasar al despacho del Dr. Suárez.
-Mucho gusto, señor Rincón -dijo seriamente el abogado - imagino que usted no está enterado de por qué le hemos pedido venir aquí.
Hermógenes negó con la cabeza, pues por más que  lo intentó,  no pudo pronunciar palabra.
-Bueno, amigo mío, sucede que yo soy el apoderado del señor Pascual Chacón y este señor me ha encargado de transmitirle una decisión muy importante, y es que él ha decidido dejar su herencia en vida a sus familiares y amigos. De manera que me complace comunicarle que es voluntad suya que la casa situada en la Parroquia  San Juan, Calle de Jesús, No. 13, sea suya. También me ha encomendado entregarle la suma de ochocientos bolívares para  los arreglos que usted crea pertinente hacerle a la vivienda. ¡Felicitaciones!



ESQUINA DE JESUS. WEB

jueves, 15 de diciembre de 2011

TIEMPO DE LLUVIAS Y VIENTOS



SAN FRANCISCO DE YURUNI -FOTO: MPG.

    A  través de la Gran Sabana, rodeada de pequeñas selvas y cerros, apenas interrumpiendo a su paso la maravillosa quietud, un autobús turístico recorría la impecable cinta de asfalto, que serpenteaba por las mesetas, rumbo a San Francisco de Yuruní.
iMAGEN: WEB
   
 Al llegar al poblado, la guía informó a los visitantes acerca de las facilidades turísticas del lugar: el pequeño restaurante atendido por los nativos, donde se podía almorzar;  las ventas de artesanías elaboradas por los indios pemones, y, por último, les indicó los sitios más seguros para tomar fotos.

        Una de las chicas del grupo no daba descanso a su cámara. Se movía con rapidez, tratando de captar lo que le ofrecía el  paradisíaco lugar. De pronto, en uno de esos movimientos,  el bolso se le resbaló del hombro, cayó al suelo,  y esparció todo su contenido sobre la maleza. La joven,  presurosa, metió los objetos dentro de la cartera, pues ya la guía hacía la primera llamada  para que el grupo de turistas abordara el autobús. La segunda llamada de salida  aceleró sus  pasos hacia el vehículo que los llevaría hasta Santa Elena de Uairén.

SAN FRANCISCO DE YURUNI - GRAN SABANA:
FOTO: MPG.
GRAN SABANA - CAIDA DE AGUA.
FOTO: MPG.

   Caía la tarde, y sobre San Francisco de Yuruní, un cielo de algodón plomizo anunciaba que era el tiempo de las lluvias, los vientos y los zancudos, y tiempo, también, de desovar los peces.
     
     Un joven pemón salía de su churuata con los ojos enrojecidos por el "guarapo de los ojos", que no dejaba de mojarle el rostro. Su mujer estaba en cama desde hacía varios días con el hijo en el vientre a la espera del médico que traería el avión de la Guardia Nacional. El no quería ser un "Karaun-yen", no deseaba ser llorón, pero el dolor en el pecho, en la pepita del vientre" lo sacudía como el viento a una palma moriche. No soportaba la idea de que su mujer y su hijo lo abandonasen. Caminaba cabizbajo entre la hilera de churuatas del poblado, perdiéndose por las verdes colinas, mientras esperaba la llegada del galeno. El cielo encapotado, casi negro, le avisaba que se avecinaba la tormenta; también se lo recordaban los relámpagos y los truenos, pero el joven indio  parecía no ver ni escuchar sino la voz de su corazón, que acallaba cualquier otra, y continuó su camino sin rumbo fijo. Recordaba con claridad el día en que su madre lo tomó de la mano sonriendo, y  se lo llevó al Hermano José en la Misión de Kamarata. Allí  conoció a otros niños y junto con ellos aprendió a leer y a escribir, se convirtió a una nueva religión y se hizo experto en varios oficios. A ratos, el recuerdo de su mujer enferma interrumpía sus pensamientos, pero trató de calmarse. Entonces su mente lo llevó de nuevo al encuentro de otros momentos felices.

QUEBRADA DE JASPE. GRAN SABANA. FOTO: MPG
   
      Sobre todo  el de aquella tarde, cuando regresaba del trabajo y se detuvo en la Quebrada de Jaspe. Aquel en el que   vio a una chica bañarse  en sus aguas. Retozaba feliz, bajo las cascadas. Su cuerpo moreno y bien formado, de muslos y senos prietos, lo sedujeron al instante. La observó emelesado. Luego, al tirarse, guardó su imagen para soñar con ella. Al poco tiempo la conoció   en una fiesta de San Francisco de Yuruní se hicieron novios, bañaron su amor en esa misma quebrada, y ahora ella, Diosita, yacía en el lecho sin saber, todavía, si irse o quedarse. Sólo Dios podía disponer de su destino.

     En medio de su dolor, el indio rogaba al Ser Supremo que su mujer y su hijo se salvaran, que no se fueran antes que él al lugar de sus antepasados. Pero ¿Qué podía hacer mientras esperaba la llegada del médico?  Entonces recordó el trozo de un salmo que Sor Antonia le enseñó, cuando era niño, en la Misión de Kamarata: "Alzaré mis ojos a los montes; ¿De dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, Que hizo los cielos y la tierra"..." ¿Qué seguía luego?" Trató de recordar cómo continuaba la oración, pero no se sabía el resto, por lo que se limitó a repetir ese trozo por espacio de varios minutos, mientras levantaba los ojos hacia los negros  nubarrones. Un relámpago zigzagueó en  el firmamento, y se escuchó la profunda voz del trueno estremeciendo la Sabana. La lluvia comenzó a caer con fuerza. " ¿Cómo estará Diosita"?   

     El joven resistía la lluvia, empapado ya, cuando su agudo oído, acostumbrado a "sentir" los motores de las "canoas de zamuro" a miles de kilómetros de distancia, le  hizo latir corazón,  esperanzado. Se detuvo para pegar la oreja al suelo y adivinar la distancia del avión que se aproximaba. Entonces, al agacharse, alcanzó a ver un objeto azul entre el matorral, empapado y cubierto de lodo. Apartó la maleza. ¡Era un libro! Tomándolo, limpió la cubierta y en letras doradas  leyó: "Nuevo Testamento. Salmos. Proverbios". Lo abrió, y, al hacerlo, alcanzó a leer en la página enfangada; 

"Jehová es tu guardador
           cántico gradual

121 Alzaré mis ojos a los montes;
   2  ¿De dónde vendrá mi socorro?
         Mi socorro viene de Jehová,
         Que hizo los cielos y la tierra.

 ..."

     El chico pemón, no terminó de leer el salmo. Se  llevó el librito al corazón, y en medio de la lluvia, el guarapo de los ojos y los zancudos, se dirigió al Campamento, donde ya aterrizaba la canoa de zamuro. Estaba seguro que entre la tripulación, venia el Equipo Médico, y la ayuda  de medicamentos, y  alimentos para los habitantes de La Gran Sabana. El corazón se lo decía. Y , entonces, en medio de la desenfrenada carrera, que le quitaba el aliento,  alzó los ojos a los montes. El Socorro  llegaba a la Gran Sabana,  junto a su  esperanzada familia: Diosita y el hijo por nacer.

 Y todo, por la Gracia  infinita de Dios.




Imagen: WEB

viernes, 28 de octubre de 2011

Y SE OLVIDARON DE LA SEGURIDAD DIVINA


Ilustración de la Web
El colegio del Manto Protector se alzaba majestuoso en la cima de la colina más alta del sector. Elegante y gris en su altura moderada de cinco pisos coronados por un techo de pizarra  a dos aguas verde oscuro, rodeado de pinos. El instituto albergaba chicas adolescentes - internas y externas- estudiantes de secundaria. Al otro lado de la calle, una hilera de frondosos cujíes negros dejaba ver, entre el follaje, sus filosas y largas espinas.
     Muy cerca del plantel, en una de las calles adyacentes, se construía un edificio. Los obreros trabajaban con las mezcladoras de cemento, la instalación de las cabillas y picando piedras para la construcción de un muro. En este último grupo  se encontraban tres jóvenes con el torso desnudo a pleno sol. Descansaban a ratos y luego, y volvían a la tarea, hasta que a mediodía sonó el pito que llamaba a la pausa para almorzar.
    Ese día los picapedreros, como de costumbre, se reunieron para comer juntos y entre las pausas que les permitía el almuerzo, comentaban los problemas del trabajo y de la paga.   Sus edades oscilaban entre los veinte y los veinticinco años. El mayor era rubio, más bien gordo; el que le seguía, en edad, un muchacho pelirrojo, pecoso y flaco, y el tercero, aparentemente el menor, era un chico alto y moreno.
     Luego del almuerzo, mientras esperaban el nuevo pitazo que los llamara a sus tareas, cada uno  de ellos recordaba sus aventuras y se jactaba del abundante número de mujeres que había tenido en su vida. Sonoras carcajadas acompañaban los gestos insolentes de los jóvenes mientras alardeaban de su virilidad. Luego, la conversación se desvió hacia  las chicas del colegio, a quienes habían visto pasar camino del instituto. ¡Unas verdaderas bellezas! Recordaban también la noche que habían visto con un largavistas a las internas en el dormitorio, cuando les había tocado montar la guardia nocturna en la obra en construcción. Entonces decidieron ir más allá. Y, fue así como ese mediodía  echaron a la suerte, con una botella, el turno de visitas que harían a las muchachas para sorprenderlas-  durante la noche o en el transcurso del día- con sus respectivos atributos masculinos. Entonces, observaron ansiosos el giro del envase, que en  dos vueltas determinó el orden de estas visitas: el rubio sería el primero, el pelirrojo el segundo. El moreno ya sabía que sería el último. Les tomó varios días planificar, sobre todo, cómo burlar la vigilancia nocturna del colegio, saltar el muro, y llegar hasta las ventanas del dormitorio de las chicas. Nada ni nadie los podría detener.
     Una semana más tarde,  ya casi  a la medianoche, las alumnas  dormían. Las camas  formaban dos  hileras hasta el fondo del largo aposento. De pronto, se oyó un grito al fondo de la habitación. Una chica, que dormía justo bajo la ventana que daba al jardín, se levantó  gritando,  y le contó horrorizada a la monja supervisora, que había visto el rostro  desfigurado de un hombre a través del vidrio de la ventana.

Ilustración: Web
 La Hermana Teresa, simpática monjita, quien la mayoría de las veces trataba de tomar las dificultades de los demás con relativa calma,  al escuchar el nervioso relato de la chica, creyó que se trataba de una pesadilla, sólo eso, y procedió a calmarla trayéndole un vaso de agua azucarada; pero la muchacha insistía en que la visión había sido real, y aseguró que, además, el hombre la veía riéndose a carcajadas, como un loco. Entonces, en vista de que la agitación de la chica continuaba, la religiosa, ya realmente asustada,  decidió llamar a la Madre Superiora para ponerla al corriente de la  grave situación. La Directora, después de escuchar lo acontecido, y para evitar más angustias entre las chicas, despiertas por el repentino grito de su compañera, ordenó que esa misma noche, y durante una semana, la cama próxima a la ventana la ocuparía la propia Hermana Teresa y no la chica. La monjita, muy nerviosa,  acató obediente la orden de su superiora.
     -Así haremos –repitió la mayor de las monjas- hasta que todo se aclare; quizás solamente se trate de un mal sueño…
     -Disculpe, Madre Superiora - interrumpió, aún llorosa la chica que había denunciado el hecho- pero ya le dije a Hermana Teresa que no fue una pesadilla. Lo que justamente me despertó fue un ruido cerca de mi cama, y fue entonces cuando vi al hombre  a través del vidrio de la ventana.
     -Bueno, bueno, Carlita, calma, por favor, calma. ¡Vuelvan todas a la cama! – dijo la monja, dirigiéndose a las demás chicas. - Ya veremos qué medidas inmediatas tomaremos –continuó- pero, por favor, vayan a dormir, que mañana temprano hay que ir a clases. Buenas noches. ¡Viva María!
     -¡Viva Jesús, Madre Superiora!- contestó el asustado coro.
    
      Esa misma noche los vigilantes revisaron el jardín que rodeaba el colegio, y no encontraron nada que revelara la desagradable visita del fisgón. Y así, en medio de una relativa calma pasaron los días. Pero una noche lluviosa, entre truenos y relámpagos, se repitió la historia. Era más de medianoche y Sor Teresa no podía dormir, pues le tenía miedo a los truenos y a los relámpagos que iluminaban de manera fantasmal el largo dormitorio. Entonces amainó la lluvia y Sor Teresa, más tranquila, intentó conciliar de nuevo el sueño, pero al tratar de hacerlo, sintió un ruido extraño y repetido que la inquietó. Parecía venir de afuera, del jardín. Entonces,  se asomó por la ventana cercana a su lecho y al hacerlo, se encontró frente a sí la cara sudorosa y jadeante de un hombre a través del vidrio. Alarmada, corrió por el dormitorio, tratando de no despertar a las chicas, e informó a la Hermana Superiora de lo sucedido, quien a su vez, ordenó que  se encendieran los reflectores del plantel. Llamaron también a la policía. Esta tardó en llegar y, cuando, al fin  la patrulla subía la colina, uno de los agentes le preguntó a un   chico que bajaba por la acera si había visto un sádico por las cercanías del colegio. Por toda respuesta, el hombre hizo un gesto de asombro, negó con la cabeza y continuó  su camino,  perdiéndose calle abajo en medio de la oscuridad.
     Al día siguiente se prendió la alarma entre las aterradas monjas, cuando conocieron la noticia. El testimonio de que la monja no mentía –si es que acaso existía alguna duda- se reveló cuando Sor Teresa, al hacer la cama, encontró un preservativo anudado, sobre su manta. Ante tal fechoría, la Directiva del Colegio  y los  Padres y Maestros, en Asamblea Extraordinaria, decidieron tomar altas medidas de seguridad en beneficio tanto de las niñas, como de las monjas del instituto. Entonces, se procedió a electrificar los bordes del muro que rodeaba el colegio; montar un sistema de circuito cerrado de televisión, y redoblar la vigilancia día y noche. A raíz de estas medidas, todo volvió a la normalidad... pero no por mucho tiempo.
     Algunos días después  un joven volvió a aparecer en el escenario. Era un chico moreno, alto y fornido, quien vistiendo jeans agujereados y apretada franela, dio varias vueltas por los alrededores del Colegio del Manto Protector. Luego, se acercándose a la caseta de vigilancia, saludó amablemente a los guardia, y preguntó por la hora de salida de las alumnas, alegando ser el hermano de una de ellas. Una vez obtenida la información que deseaba, cruzó la calle y se paró a la sombra de los cujíes,  esperando pacientemente la salida de las chicas.
     Cuando  ellas empezaron a salir, las voces y las risas juveniles llegaron hasta el joven, produciéndole inmenso placer. Luego,  se produjo un cambio en la cara del muchacho, quien presuroso se escondió entre los árboles. Observaba fijamente a las muchachas, mientras se bajaba el cierre de la bragueta. Sólo quería que, al pasar, ellas admiraran su virilidad, como lo hacían las jóvenes del barrio cuando las hacía suyas. Y lo haría de día, no de noche, como sus compañeros que habían entrado al colegio sin éxito alguno. Sabía que a muchas de ellas las buscarían sus padres, algunas se irían en el transporte escolar, pero otras siempre se marchaban a pie, y forzosamente tomaban la acera donde él se encontraba. ¡Qué placer mostrarles lo que era bueno! No debía ni podía fallar, como los otros; ¡Juraba por Dios que no! Y sucedió, que, al pensar en el seguro éxito de su viril demostración -¡A plena luz del día! -Entonces, al pensar en  el espectáculo que brindaría a las chicas,  empezó a moverse con voluptuosidad. Imaginaba la reacción de las estudiantes. Y fue tanta la fuerza que puso en prepararla, que tropezó con una piedra, resbaló y se fue rodando por el barranco, hasta que su robusta y semidesnuda humanidad se estrelló de frente ¡…contra un enorme y negro avispero incrustado en uno de los espinosos cujíes…!


Foto tomada de la Web





Caracas, 15 de noviembre de 2011