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viernes, 9 de agosto de 2013

UNA VERSION MODERNA DEL AMOR VERDADERO.


      Siempre me gustó Javier. La primera vez que lo vi  admiré su porte atlético. Jugaba con la pelota de fútbol. La hacía bailar a un ritmo loco entre las manos y los pies, mientras los lentes, casi en las narices, luchaban por no caer en medio de esta agitada danza. No se fijó en mí. El iba camino del polideportivo con unos amigos y yo regresaba del colegio con unas compañeras. Supe luego que se había ido a estudiar a una universidad americana y perdí  la pista del atractivo chico del liceo. Sin embargo, él se grabó en mi mente a pesar de no haber intercambiado  entre ambos ni una sola palabra. Lo volví a ver años después, ya convertido en ingeniero, cuando yo iniciaba la universidad. Fue una vez en el club.  El trabajaba para una compañía asesora de empresas. Iba esa vez  con una chica bastante bonita a la que llevaba tomada de las mano. Parecían muy enamorados.

      Luego,  inicié mi agitada vida periodística como pasante en un canal de noticias.  Conocí otros chicos y su recuerdo se diluyó. Presenté mi tesis, guiada por mi tutora industrial, y a petición suya se la expuse a los ejecutivos del canal, quienes poco tiempo después me incluyeron en su nómina fija. Comencé a aparecer en los noticieros como reportera. Recorrí el país cubriendo las noticias desde los cuatro puntos cardinales. Me hervía la sangre cada vez que iba tras los acontecimientos. Herencia posible de mi padre,  periodista, a quien en el pasado, le había tocado, entre muchísimos acontecimientos bélicos, cubrir los de Corea en los años cincuenta.

      Hice un post grado en New York University. Mi sueño era entrar en un canal de noticias internacional, pero la salud de mi padre me llamó al país. Cuando él partió, al poco tiempo de mi regreso,  yo trabajaba ya  en otro canal, cubriendo el noticiero estelar de la noche. Fue entonces cuando por tercera vez volví a ver, a Javier Lumière. Esta vez presentado formalmente por los directivos del canal en su recorrido oficial por las oficinas del canal, como asesor de la empresa. Luego nos vimos en la cafetería y me invitó a acompañarle.  En nuestra breve, pero agradable  conversación, mientras tomábamos el café, me dijo que su padre era francés y su madre italiana, pero  que él había nacido en Caracas. “Un sabroso cocktail familiar” dijo sonriendo.  Luego, su presencia se me hizo casi familiar; muchas veces coincidimos en reuniones de trabajo sobre el desarrollo de la empresa. Nos topábamos en las escaleras, en los pasillos, o cuando él acudía a la Oficina de Prensa a solicitar una información, o una fotografía. Javier me atraía mucho. Poseía una personalidad fuerte y una voz grave que cada vez que exponía sus ideas me aceleraba el pulso. Lo admiraba. Yo sentía que no le era indiferente. Una vez que me tropecé con él me miró tan fijamente, sosteniéndome la mirada, que me dije a mí misma:”No Mabel, esto no puede estar pasando, son ideas tuyas”. Pero el corazón no me traicionaba. Recuerdo que una vez me puse una alianza de plata que había pertenecido a mi abuela, y al entrar a mi oficina me preguntó sonriendo mientras me señalaba el dedo, si era feliz en mi matrimonio. Mi respuesta fue otra sonrisa misteriosa.

      Una tarde me dirigí al Café Gourmet, frente a la oficina y me senté a una de las mesas del fondo, y al poco rato de estar allí apareció Javier. Al verme se acercó donde me encontraba y me preguntó si esperaba a alguien. Cuando le respondí que a él justamente, celebró mi broma sentándose a mi lado. Como ya era un poco tarde, me invitó a cenar allí mismo. 

    -Hoy es viernes - comentó- por lo que mañana no hay que levantarse muy temprano.
     - Es verdad, Javier, pero yo sí debo irme temprano, pues tengo el carro en el taller y debo buscarlo mañana temprano.
       - Entonces ¿Puedo llevarte a casa? 
       - Gracias, pero mi hermana me prestó el carro, Javier.
       - Bueno, entonces te escolto. Es muy peligroso que andes sola de noche.
Entonces accedí y la sobremesa se prolongó un poco más. Supe que él se había divorciado, pero que estaba ligado sentimentalmente a otra mujer desde hacía dos años. A mi vez le conté que acababa de terminar una relación a un mes de la boda, pues preveía un divorcio a mediano plazo. 

     -Fue sólo un repentino cambio en nuestros sentimientos - agregué sonriendo-  por el momento busco estar tranquila para  poner mi cabeza en orden- Luego, continuamos conversando hasta que se hizo ya un poco tarde.

      Cuando Javier  me acompañó a casa, se bajó para despedirse en la ventanilla de mi auto  y me dijo que le gustaría entrar a tomarse otro café conmigo. Y así fue, pero luego tomamos vino y el ambiente íntimo nos envolvió. Se hizo muy tarde. Por "motivos de seguridad" Javier me preguntó si podía quedarse esa noche. Le ofrecí el sofá, pero los besos y las caricias decidieron otro lugar más mullido y confortable,  y entre ambos la convertimos en una hermosa noche de amor.


      Al día siguiente pasó a verme para preguntarme por la "resaca" y me entregó el soneto 116 de Shakespeare,  por todo comentario a la noche anterior. Lo leí esta vez con una emoción nueva:




"William Shakespeare

Soneto 116

Permitid que no admita impedimentos

ante el enlace de las almas fieles
no es amor el amor que cambia siempre por momentos
o que a distanciarse en la distancia tiende.

El amor es igual que un faro imperturbable,

que ve las tempestades y nunca se estremece.
Es la estrella que guía la nave a la deriva,
de un valor ignorado, aún sabiendo su altura.

No es juguete del Tiempo, aun si rosados labios

o mejillas alcanza, la guadaña implacable.
Ni se altera con horas o semanas fugaces,
si no que aguanta y dura hasta el último abismo.

Si es error lo que digo y en mí puede probarse,

decid, que nunca he escrito, ni amó jamás un hombre."

     Me llevé el hermoso verso a mi pecho bajo la increíble impresión de su significado. Y, por supuesto que, a este primer encuentro, luego siguieron muchos. La compatibilidad de Javier y mía se fue ajustando poco a poco en lo espiritual, intelectual y en el sexo, hasta llevarnos a una excelente relación. Pero luego, de pronto, y sin más explicación que sus viajes de trabajo nuestros encuentros fueron distanciándose para volver a vernos sólo por períodos cortos e irregulares, menos el último que sí fue más largo y en el que, de pronto,  se mostró más atento y amoroso conmigo. La verdad es que nunca antes lo había visto tan cariñoso, tan solícito. Una tarde, sin embargo, luego de muchas demostraciones amorosas, me anunció, que la semana siguiente se iba a Connecticut, por un mes, a visitar a Mario y a Andrés, sus hijos,  que estudiaban  allá.

      Pasó el mes, y al día siguiente de su regreso, Javier  me llamó por teléfono muy temprano. Me dijo que pasaría por casa esa noche, pero no quise esperar y me comuniqué con él por Skype. Lucía muy bien y contento de volver a verme. De pronto, al gesticular, noté un sospechoso brillo en su mano derecha y le pedí que pusiera esa  misma mano sobre el pecho y así  lo hizo, extrañado de mi solicitud. Su dedo anular  lucía una brillante alianza de oro que gritaba a los cuatro puntos cardinales su nuevo estado civil.


      Entonces, incrédula y temblorosa, ante la evidencia, exclamé:

      - ¡Te casaste, Javier!
    Un Javier empequeñecido y muy pálido aparecía en la pantalla de mi computadora. Se había deslizado de la silla de la oficina, hasta casi quedar invisible. La sonrisa que mostraba antes le huyó del rostro. Y muy confundido por el aparente olvido de no informarme de su boda, trató de esconder el anillo para, por último, contestar casi en un sollozo:

      -Bueno, Mabel, discúlpame, sólo formalicé mi situación. ¡Sólo eso!




Caracas,  agosto de 2008 - Revisado: agosto de 2013

IMAGENES: WEB















viernes, 7 de diciembre de 2012

HUBO UNA VEZ UNA PROMESA










               Avanzaba el día, los perros ladraban correteando por el patio trasero, los jazmines en flor perfumaban el jardín, y  dos mujeres conversaban  en la cocina de su casa, mientras tomaban el café de la tarde recién colado.
       -No puedo, Mabuela, no puedo hacer eso que me pide.
       -Pero, mija ¿Qué le cuesta?
       -Es mi vida, vieja, es mi vida ¿Acaso no se da cuenta?
       -Ya lo se, niña. Yo entiendo…
      -¡No, señora, usted no comprende! Yo no puedo casarme con un hombre que no conozco, es más, que ni siquiera he visto en mi vida ni por fotos, y sólo porque el abuelo hizo una promesa hace ya un pocote de años, de que si tenía una nieta la casaría con su nieto, eso no. Eso parece de novela, como de cuentos, pues.
      -El compadre Emeterio le salvó la vida al viejo… 
     -Eso está muy bien ¡Maravilloso!  El señor le salvó la vida al abuelo en el río. ¿Pero, a cuenta de qué tengo yo que dar la mía, ah? 
     -No exagere, niña. Usted no va a dar su vida, usted va a compartirla con el nieto de Emeterio… Si usted lo viera. Es buenmozo, el muchacho! Bueno, yo lo vi pequeño, pero debe seguir igual.
    -¡Eso a mí no me importa! No lo quiero, no lo conozco. Ni usted ni el abuelo pueden disponer de mi vida como si fuera un coroto. Eso no lo acepto, viejita, disculpe, pero eso no puede ser.
     -Mija, el viejo está enfermo…
    -No, abuela, no empiece otra vez. Usted sabe bien que el abuelo a veces exagera. El mismo me ha contado, desde pequeña, de las tretas de que se valía para conseguir lo que quería. Ya me contó que perdió la cuenta de las pataletas simuladas que le dieron...
     -Eso no es así como usted dice, Rosalía. Algunas eran de verdad, verdad – la interrumpió la doña.
     -Bueno, sean verdaderas o no, yo no me meto con alguien a quien no quiera. Así que me hace el favor y se lo va diciendo al viejo.¡Perdone que le hable así, viejita, pero tengo que ser franca con usted.
     Y diciendo esto la muchacha dio media vuelta y salió al patio trasero de la cocina.
Allí dejó la escoba con la que un rato antes barría el piso de cemento. Se dirigió al corral, enfurruñada y se sentó junto al limonero en flor. El aroma de los azahares impregnaba la brisa de la tarde. Aspiró el perfume. Necesitaba  pensar. “Lo que la abuela no sabe es que yo “pertenezco” a otro hombre”, se dijo, convencida.
     Lo llevaba dentro de ella como a su propio corazón, como a sus entrañas. Policarpo formaba parte de ella desde el día en el que se le entregó. “No me engatusó. Fui con él porque sentí que desde el primer momento tenía que ser mío, no de Margarita ni de Juana, las de El Tamboril, en San Andrés. Ellas, como yo, también le echaban el ojo a mi Poli”. Reflexionó, pensativa y se transportó en el recuerdo.
     El joven tenía un hermoso cuerpo. Era musculoso, suave, liso. No como los protagonistas de las películas o las telenovelas que ella veía con la abuela, demasiado blancos. No. Poli era moreno con unos  bonitos ojos achinados y penetrantes que la volvían loca. A veces, hasta un poquito fríos por lo altanero. Su fuerza iba pareja a su apasionamiento, a su virilidad. Y, por si fuera poco, se reía con ganas hasta frente a las dificultades. ¡Uf! ¡Cómo le gustaba el condenado!
     Se habían visto varias veces en Semana Santa, cuando fue  a  San Andrés a pasarse los días santos con la tía Hermelinda y las primas.
     Estaban todas en la Plaza Bolívar, esperando la procesión del Nazareno, cuando irrumpió sonriente Policarpo. Tras saludar con gestos de galán de pueblo, al que hacía honor, dijo:
     Conozco las flores de mi jardín, pero no las de mi vecino, igualmente hermosas.
     -¡Ay, ay, ay, chamo, no seas cursi! –dijo riendo Elenita- es mi prima Rosalía. Conócela, pues.
       -¡Hola! Soy Policarpo González – dijo el muchacho, al extenderle la mano a la muchacha. Ella contestó el saludo, y  le miró a los ojos para luego bajarlos con rapidez. El chico, confundido, sólo atinó a decir:
       -Las invito al cine, el Sábado de Gloria.
       -¡SIIIIIIIIIIII! Corearon todas.
     -Esperen, esperen –dijo él- esto no se queda así. Otro día me invitan ustedes al sancocho de pescado que Rosita hace tan bien. Y tú, Rosalía, haces el dulce… (y… le guiñó el ojo).
     La picada de ojos fue definitiva, como definitiva también fue la agarrada de manos en el cine - ese sábado - cuando él atrapó y no soltó, la de Rosalía, tras varios intentos fallidos, al pasarle las cotufas. El contacto tibio y húmedo de la mano del muchacho  hicieron cambiar de idea  a la chica, quien dejó la suya quieta entre la de él. Al rato, una suave presión aceleró el ritmo de su corazón. Entonces ella no pudo ya concentrarse en la película.
       Quedaron en verse de nuevo, y así lo hicieron el Domingo de Resurrección, cuando sus primas lo invitaron a almorzar como habían acordado. Luego, Rosalía  volvió  a su cotidianidad. Sin embargo, cualquier pretexto  le servía para ir a pasarse unos días en casa de las primas. Se sucedieron los fines de semana, el cumpleaños de la tía Hermelinda y las ferias de San Andrés, y a ninguna faltó la muchacha. Varias veces había insistido Policarpo en visitarla, pero la muchacha siempre inventaba una excusa para que no fuera. Presentía los obstáculos que pondría el abuelo a su relación, pues le había anunciado ya varias veces que le tenían un candidato como marido.
      Un buen día, mientras preparaban el almuerzo, la abuela empezó a rezongar y a desaprobar  la "visitadera" que tenía la nieta donde las primas.
     -Mire, mijita ¿Qué varilla es esa de estar yendo tanto donde las hijas de Josefita? Antes, que yo recuerde, costaba un mundo convencerla para que fuera donde ellas, y ahora, por quítame estas pajas usted  está allá metida. Eso no me está gustando nada, nadita.
     La señora movía de un lado al otro la cabeza, mientras sazonaba y probaba las caraotas.
     -¡Ay, Mabuela! Yo soy quien no la entiende a usted. Antes me regañaba para que fuera y ahora me regaña porque voy. No se ponga tan gruñona y dígame qué es lo que le va a mandar a la tía.


PAISAJE.  FRANCISCO ALEJANDRO BELLO. 1973 (WEB)
   

     Y sucedió en las Ferias de San Andrés. El templete, en la plaza del pueblo, dispuesto para la orquesta, estaba adornado con cadenetas amarillas, cayenas, trinitarias rojas; también había muchas orquídeas en algunas de las ventanas cercanas. 
     El conjunto interpretaba música de moda: salsa, merengues. Todo era ritmo, movimiento, sensualidad. Los jóvenes y los que ya no lo eran tanto, se entregaban en loco frenesí a las ondulaciones del baile, al mandato de los cueros enardecidos. Aquí los timbales, más allá el bongó y la tumbadora. 

   Luego de tanto danzar y brincar,  sudorosos y jadeantes, Policarpo y Rosalía se separaron de los amigos que todavía bailaban en el templete. Fueron en busca de una coca cola y una cerveza. Y así, con las botellas en la mano, se alejaron muy juntos, caminando hacia las afueras del pueblo, perdiéndose entre los matorrales.

      El la besa y busca sus pechos que ella gozosa le ofrece, mientras a su vez, busca la turgencia del miembro viril. Se buscan, se encuentran, se descubren. Y él penetra las oquedades que ella le presenta ansiosa y siente, feliz, la imperiosa y ardiente embestida del varón.     El cielo plomizo y coral se confabula con ellos. Les regala intimidad y la brisa acaricia las sienes humedecidas de los dos jóvenes en su fogoso baile acompañado de gemidos que parecen música que arrulla sus movimientos sobre la hierba  húmeda, muelle. Más tarde, mucho más tarde, cuando ya no quedan más luces que las de las estrellas, sus cuerpos se entrelazan  y caen en el sueño tranquilo y profundo del deseo satisfecho.

     Ahora, allí estaba la muchacha; recordaba  el  reciente  y maravilloso momento de la entrega. "No, Mabuela, no! Ahora usted quiere que me case con un desconocido, cuando ya he conocido el amor, he saboreado su dulzura en brazos del hombre que amo. Podrá ser que el nieto de Emeterio sea mejor que mi Poli, pero él, para mí es único en el mundo". La joven trató de calmarse y de volver a la realidad mientras se decía: "Algún día él  me tendrá como entonces, sólo él y ningún otro hombre, ninguno".

     Un domingo, mientras se arreglaba para ir a misa, Rosalía se sintió mal y se recostó un rato. Estaba mareada, pero ya se le pasaría. Había quedado en encontrarse con las amigas a la salida de misa, y eso haría. No habían pasado diez minutos de haberse recostado, cuando escuchó la voz de la abuela que la llamaba:
      - Rosalía, Rosalía, mija, venga un momentico, hágame el favor.
     - Ay, Dios mío ¿Y ahora que querrá Mabuela? - se preguntó con desgano. ¡Con las ganas que tenía de quedarse durmiendo todo el día- pero contestó, mientras se levantaba para  arreglarse un poco:
      - Ya voy, Mabuela, ya voy, bajo en un momento! Y al rato, la abuela , volvió a llamarla, esta vez con voz apremiante. 
      - Mija, baje rápido para que vea quién esta aquí.
     - Ay, qué fastidio- murmuraba la muchacha al bajar las escaleras- Seguro que llegó una de sus amigas que hace tiempo no ve, para que vea cómo han crecido sus nietas. Y con lo mal que me siento... no se me quitan las náuseas- dijo, mientras respiraba hondo y se llevaba las manos al estómago. 
        Doña Jacinta la esperaba en el corredor, pues la visita estaba en la sala. Y tomándola por el brazo la acompañó  hasta donde ésta se hallaba sentada, junto al abuelo.
     -Mira quién está aquí- dijo emocionada la señora. Es el compadre Emeterio que vino con su nieto, que le hizo el favor de traerlo en la camioneta.  Entonces, la doña,  alisándose la falda, se dirigió al joven y le dijo:
      - Mijo, esta es mi nieta Rosalía. Su papá la conoció de niña, pero usted no. ¡Venga que se la presento!.  Y luego, dirigiéndose a su nieta:
      -¡Acérquese, Rosalía, no sea tan penosa, no se quede allí parada como quien ve a un fantasma, venga para que conozca a... Policarpo. ¿No es así como me dijo que se llamaba, mijo? 

CARACAS, 1993 -Revisión 2012



    

sábado, 17 de noviembre de 2012

EL MISTERIOSO AROMA DE UN CAFE FLORENTINO



                 “Sí, la sensación se produjo cuando inhalé el aroma del café…”
             
     He iniciado, al fin,  después de veinte años de haberlo hecho por primera vez, mi anhelado viaje de vacaciones a Italia. Quería descansar y olvidar las tristezas recientes de mi divorcio. Acabo de pedir un Capuccino. Me encuentro en Florencia en este momento en el Caffè Rivoire, el mismo en el que conocí a Pietro: ¿Casualidad? No, siempre quise volver a esta hermosa ciudad que me trae tantos recuerdos. Sí, creo que la mesa a la que me siento ahora en este bello sitio ubicado frente a la Piazza Della Signoría, era la misma de entonces. Yo estaba sola y él se acercó para preguntarme si la silla frente a la mía estaba ocupada. Le contesté que no, creyendo que se la llevaría a otra mesa, aunque me parecía extraño pues había suficientes puestos vacíos. El me pidió permiso para sentarse junto a mí, pues según alegó era muy triste tomarse una café solo; y como imaginó que yo necesitaba compañía se presentó.
     -Me llamo Pietro Allegri ¿Y tú? -Entonces le tendí la mano para decirle que el mío era Estefanía Pagal.
    Observé que tomaba asiento cómodamente delante de mí  e iniciaba una conversación trivial sobre el estado del tiempo. Más tarde, afortunadamente,  la conversación se tornó amena.   Salimos varias veces, pues en ese entonces yo tomaba un curso de italiano, como parte de un intercambio estudiantil. Luego, nos hicimos novios.
      Ambos éramos muy jóvenes y veíamos el futuro sembrado  de árboles, plantas, flores ¡Una primavera! No como realmente ocurrió después, cuando cada uno siguió su camino, rodeados de un invierno duro, sin flores. Y no hubo siquiera una discusión, sino un largo distanciamiento. En ese entonces, según decían nuestros amigos éramos una “bella coppia”, y de verdad, nos sentíamos muy enamorados.
Interrumpo mis pensamientos, pues se acerca el mesonero con el café y lo coloca casi artísticamente sobre la mesa. Espero un rato a que se enfríe, y al hacerlo, continuo viendo a través del humo el tiempo pasado, tal como haría un vidente en una taza de café griego o turco; sólo que yo veo el pasado y los adivinos, el futuro.    
     Mientras recuerdo mi hermoso romance y, claro está, la dolorosa ruptura que sembró de incógnitas nuestros respectivos futuros, conjuntamente con el fuerte olor del café experimento  de pronto una extrañísima sensación, más bien una corazonada. No se describirlo. Me pareció sentir una inexplicable y fuerte emoción que me anunciaba algo bonito, un hecho fortuito o algo parecido ¡que me ocurriría a mí!  Sí, la sensación se produjo cuando inhalé el delicioso aroma del café. En un principio empecé a recordar lo malo, lo que siempre trae la tristeza, pero luego, como si un grueso telón la cubriese, pero ahora sólo tengo pensamientos positivos hacia Pietro. Una fuerte emoción se produce en mí y trato de calmarme mientras tomo el café, sorbo a sorbo, degustándolo con fruición. Y hay más: presiento, no se por qué, momentos felices y aún más alegres que los de entonces. Inexplicablemente me siento contenta, casi feliz de pensar en Pietro. El se ha asentado en mí, en mi alma y mi pensamiento, acompañando esta maravillosa sensación.

     Debo continuar mi paseo, me digo sacudiendo la cabeza, pero no quiero levantarme de la silla todavía; un raro letargo me ata a ella. No deseo sino sumergirme en mi extraña ensoñación. Al fin, hago un esfuerzo, me levanto y me dirijo al Palazzo Vecchio. De de pronto, me siento llena de una energía renovada justo  antes de entrar al museo. Bajo el efecto del sorprendente influjo, sentí la entrada de un mensaje de Skype en mi celular. Lo abrí y el remitente hizo acelerar mi ritmo cardíaco al leer el siguiente mensaje en italiano:
“Buenos días, si  eres Estefanía Pagal, y estuviste en Florencia hace veinte años, por favor, responde este mensaje.  Quiero saber de tí. Soy Pietro Allegri, de Florencia.”




Imagen: Web y montaje foto de MPG pff.me
Caracas, 21 de junio de 2012

lunes, 1 de octubre de 2012

MENSAJE EN NOCHE DE LUNA ROJA


CONVERSACIÓN ENTRE LOS PROTAGONISTAS DE "PROSPERO AVANCE Y COMPAÑÍA", MINI OBRA DE TEATRO PUBLICADA EN ESTE BLOG.

De: Anita Colina     anita_colina@gmail.com
Para: Sándor Amador sanador@yahoo.com
Asunto: MIL GRACIAS
Fecha: Sat, 25 nov, 2000, 2:12:30:02

Mi querido Sándor:
Me asomo a la ventana y una esfera rojiza suspendida en el firmamento me saluda y creo que, si no llueve, me acompañará hasta el amanecer. ¡Y  lo que a mí me encanta la idea de tenerla como confidente! Le digo que no se mueva de allí que ya vuelvo, que sólo quiero comunicarme con un amigo muy querido que se fue, hace algunos años, para ir a estudiar su Post Grado en Madrid. Sí, ese amigo partió cuando quiso  darle un rumbo mejor a su vida, mientras la mía marchaba a la deriva y se deshacía al chocar con sueños imposibles, con dudas, y recoger en el camino un cúmulo de esperanzas rotas. Ese amigo se quedó trabajando allá y sólo regresó  una vez  de vacaciones. En esa oportunidad él  me animó a continuar, a sentar cabeza  mostrándome senderos por los que nunca había transitado. Fue mi brújula en un mar revuelto y tempestuoso. Ese amigo me regaló siempre el apoyo de su presencia cálida, –férrea y tierna a un tiempo- y escuchó divertido un sueño que tuve hace algunos años.
       Se reía , divertido al principio por mis cambios constantes de humor y de sueños, cuando le conté que una vez quise ser misionera en Uganda –y no me fui- y luego, cuando decidí ser actriz y cambié otra vez de parecer. Al principio mi inconstancia le pareció graciosa, pero luego, pasó a ser una preocupación suya pues era mi mejor amigo.Y por eso, porque lo era, interpretó el sueño que tuve con Próspero Avance y su familia ( Creatividad, Proyecto, Meta, Objetivo General , Objetivo Específico, Actividad y Tarea) como una revelación positiva que coadyuvaría a mi cambio de vida. Me ayudó mucho. Al inicio de mis proyectos profesionales, cuando me inscribí  en la Universidad para estudiar Administración de Empresas. Luego, al seguir, paso a paso mi avance dentro de la Facultad. Ahora, mi graduación es el año que viene y quisiera tener en ese momento tan importante de mi vida, a ese entrañable amigo a mi lado ¿Sería mucho pedir? 
Para él va todo mi agradecimiento, un abrazo y un beso que le envío con mi otra amiga, la esfera rojiza que ahora pende de mi cielo y que, ojalá, mañana también esté frente a su ventana.

Con  mi cariño de siempre,
Anita





De: Sándor Amado sanamado@yahoo.com

Para: Anita Colina anita_colina@gmail.com
Asunto: ¡ESPERAME!
Fecha: Fri, 26 Nov 2000 21:28:30 


¡Queridísima Anita! 
Eres un ángel. Justamente ahora pensaba en tí. Qué placer experimenté al tener noticias tuyas...Fue tan linda tu carta, que te confieso, me movió el piso, pues  me tomó de sorpresa. Me puse tan sentimental al recordar esos viejos tiempos que me fui al “Richard´s Pub” para entrar aún más en calor. Me contagiaste tu nostalgia y tu cariño. A decir verdad yo siempre te lo tuve, después te amé. Hubo algo tuyo que me atrapó, y no se decirte qué. Al principio no comprendía  tu confusión con aquellos sueños cuando te proponías remodelar el  apartamento que tu abuela te regaló. Muchas veces me preocupaste más de la cuenta. Después, aquí en Madrid, te pensé mucho. Y no contra mi voluntad, aún lo hago. Admiraba tu decisión de ir hacia adelante, en medio de tu desorden. 

Considero  que realmente cambiaste mucho cuando fui de vacaciones a Caracas. Te encontré bastante más madura que cuando me fui la primera vez;más segura en tus decisiones y en darle un sentido a tu vida, organizándote como lo has hecho. Por esta razón no me sorprende que ya estés coronando tus estudios.
Por favor,  contéstame lo más pronto que puedas , porque deseo planificar mi visita a Caracas para estar presente en ese evento tan importante de tu vida: tu graduación. Espero tus noticias.Estoy loco por verte, así que decidí hacerlo pronto, pues estaré en Caracas para Navidad y Año Nuevo. Hasta pronto, bella.

Te quiero mucho,

Sándor

















Caracas, Noviembre 2000


IMAGENES: WEB

jueves, 6 de septiembre de 2012

CARENCIAS QUE SE TORNAN ABUNDANCIA



La esperanza se aferró a su corazón, al igual que se une en tierna succión la boca del niño al pecho materno para obtener el dulce alimento. Cabe la similitud, porque, igual que un infante, María Elena se nutría de fantasías, de emociones, que llenaban  su alma cuando soñaba. El amor, entonces se aposentaba en la figura de su ideal de hombre. Entonces, aparecía en su corazón el compañero. Lo adornaba de todas las cualidades físicas y espirituales imaginables, a pesar de que se deba perfecta cuenta de que había tenido varias experiencias y a sus  treinta y dos años ya, no habían pasado de ser eso, simples experiencias que nunca, en sus ilusiones de muchacha que soñaba. Nunca en su adolescencia  habían tenido el final feliz esperado, como suelen terminar todos los cuentos e historias que leyó en esa época de su vida. Más tarde tuvo otras experiencias. Se casó con José Manuel, aquel economista  europeo que apareció en su vida en la hora en  ella pensó que "debía sentar cabeza". El, aparentemente lo tenía todo, era profesional como ella, de familia acomodada, serio, bueno y la quería mucho.  Entonces, a pesar de que  todo prometía un hermoso futuro, al año siguiente se produjo el divorcio.

Ella alegaba que a él le faltaba empuje, él sostenía que ella era demasiado independiente. En los divorcios hay siempre que escuchar a los dos cónyuges. La  balanza de la razón nunca está totalmente a favor de uno solo. La culpas siempre se comparten, sólo que ninguno quiere llevar el peso mayor.  Pero como  la vida constantemente ofrece oportunidades, una nueva esperanza se aferró a ella. Quizás  otra vez aparecería en su vida; un hombre con quien complementar la suya propia.
                     
Aquel fatídico 31 en el que su falta de conciencia -lo reconocía ahora- le había hecho beber en exceso con los amigos y correr a gran velocidad por la Cota Mil para tratar de llegar a casa rayando ya los albores del nuevo año, le habían dejado un saldo terrible: la pérdida de su brazo izquierdo al chocar con otro loco como él, que venía -quizás por la misma causa- en dirección contraria. El terrible accidente, sumió a Esteban en la peor de las crisis de su vida. Su depresión, controlada por varios psiquiatras durante mucho tiempo, y luego,  su propio esfuerzo, pues era un gran  amante de la vida, le hicieron retomar el deseo perdido, como su brazo, de continuar el ritmo de su existencia.

      Esteban se graduó de ingeniero mecánico, tuvo un fracaso matrimonial, por incomprensión, decía  él de María Elena, su  esposa, compañera de estudios en la universidad, de ilusiones y de vida. Hoy, pasado el tiempo, ya más asentado, comprendía que no toda la culpa era de ella, como trataba de justificar antes. El, en su infinita amargura, había propiciado ese fracaso, lo sabía.   La nueva crisis en la que se sumió y que casi  le hizo retroceder el camino andado, a raíz del accidente tomó, sin explicarse, un nuevo giro y se produjo la ruptura. Fue más tarde, sólo mucho más tarde que sintió una nueva fuerza que le impelía a continuar, a seguir, a no mirar atrás lo inconveniente. Después de todo,  la vida continuaba.

Jorge dejó a un lado el  proyecto en el que trabajaba y  respondió la llamada de Esteban, el amigo panameño que lo había llamado en la mañana. Habían estudiado juntos en la Universidad Central. El amigo vivía en Cincinnatti, allá tenía una empresa. Ya le contaría. 
Cuando Ida le propuso a su hermana que los acompañara a cenar a Jorge y a ella, María Elena se sorprendió, pues no comprendía el plan. Un amigo de Jorge, Esteban, había llegado de los Estados Unidos y Jorge quería que le hiciera compañía a su amigo.
- Se que no te gusta salir con quien no conoces, pero es un hombre agradable y estoy segura de que la pasaremos muy bien- le dijo Ida contagiándole su entusiasmo.
                         
Esteban adelantó su mano derecha a María Elena en cordial saludo.  El brazo izquierdo terminaba en una prótesis metálica que movía de acuerdo a su necesidad. Había llegado conduciendo él mismo su automóvil. Notó el asombro de las nuevas amigas durante la cena, cuando manejó también hábilmente el tenedor. Con la naturalidad que el caso ameritaba, contó la manera como perdió el brazo izquierdo. A la salida del restaurante, y camino de la discoteca, una limosnera, llena de esa   candidez que las personas mayores y humildes poseen, se le acercó, interrogándole:

- Mijo ¿Qué le pasó? ¿Qué tiene en ese brazo?

Esteban, con la dulzura de quien se dirige a un niño que le ha hecho la misma pregunta, le contó la imprudencia que le había costado la pérdida del brazo y acto seguido, cual malabarista circense, asombró a su  minúsculo público cuando tomó un cigarrillo con la  mano artificial ,  y abriendo los dedos metálicos  lo   colocó en su boca, luego prendíó el cigarrillo y lanzó varios anillos grises al aire, que la brisa casi matutina difuminó lentamente, ante  la concurrencia y los aplausos entusiasmados de la anciana.

El impacto que la personalidad de Esteban hizo en María Elena fue muy fuerte. Su actitud normal ante la vida le otorgaba un atractivo especial a sus ojos. Ella admiraba su amor a la vida,  la esperanza y la fe que ponía en cada uno de sus actos.  Se asombró de su inmensa fuerza espiritual, de su amor por Dios, por la Humanidad y por el que le regaló a ella, ayudándola a descubrirse, haciéndola muy feliz. Más tarde ella retribuyó en igual forma ese amor esperanzador y promisorio, convencida como estaba de que  Esteban era el  ser humano más completo que hubiera conocido en toda su vida. Esta vez, como en los cuentos, todo terminó, o realmente empezó en la Jefatura Civil, cuando ambos se dieron el sí.

Pero, de este hecho hace ya veinticinco años. Hoy se celebra una misa en la Iglesia de Nuestra Señora del Pilar en Santa Fe Norte, pues Esteban y María Elena, se casan por la Iglesia con la asistencia de sus hijos, el primer nieto y nosotros, sus amigos.

       

 



Caracas 08.10.93
IMAGENES: WEB

domingo, 13 de mayo de 2012

RECUERDOS DE FLORENCIA Y VIENA

                                          

ERAN TRES LAS HERMANAS
Eran tres y sólo fue una. Eran tres las hermanas que se fijaron en el muchacho alto y bien formado que se encontraba en el estar del hotel conversando con un señor mayor.  El chico no tenía tipo florentino. No debía ser italiano, aunque sí del Mediterráneo.
Sólo una de las hermanas bajó luego al salón, donde el televisor exhibía una obra de teatro sobre la vida de Michelangelo Caravaggio. La teleaudiencia  la formaban ahora tres personas: el joven, el señor mayor y  ella.
El murmullo de voces intercambiada entre los dos hombres resultaba desconocido a los oídos de Mariana. Momentos después el joven se presenta a la chica en correcto inglés. Mariana se entera que los dos hombres son griegos, atenienses. El mayor, un comerciante de artículos de cuero se llama Theodore y el “giovanotto”, Thanos,  estudia arquitectura en Florencia.
-Mañana se abre la Exposición del Mueble ¿La has visto ya? pregunta el joven a la chica
-No.
¿Quieres ir, Mariana?
-Me encantaría.
-¿Paso por ti a las nueve. ¿Está bien?
-Estaré lista.
Al día siguiente los jóvenes inician su recorrido por la ciudad, después de visitar la exposición. Hacen un alto en el Ponte Vecchio, y cerca de la Piazza Della Signoría toman un Macedonia. Visitan la Galleria dei Uffici. Mariana quiere comprar carteras y Thanos la ayuda en la selección; él a su vez le pide le acompañe a comprar unos anteojos para esquiar.


HACEN UN ALTO EN EL PONTE VECCHIO
Deambulan felices. Ella le cuenta que trabaja en Viena y que sólo está de vacaciones; que es suramericana, que le gusta la literatura, la música y los viajes y también el baile y todo lo que amplíe su horizonte cultural. El, su vez le habla de política internacional; no le gustan las monarquías, ama la democracia y detesta las dictaduras. Hablan del Vietnam, de la Guerra Arabe-Israelí y de los problemas raciales. Toman Capuccino en un café cercano; ponen postales.  Bromean, se pierden por las callejuelas de Florencia y almuerzan en una trattoria. Pero Mariana sale esa misma noche para Roma y luego regresará a Viena en una semana.

Cuando se aproxima la hora del viaje Thanos la acompaña al hotel, donde Mariana debe buscar las maletas para luego dirigirse a la Estación de Santa María Novella. Ya en el andén, un pitazo anuncia la partida del tren hacia Roma. Son las diez menos cinco.
-Thanos…
-¿Si?
-Cierra los ojos.
-¿Por qué- Pregunta el chico sorprendido.
-¡Ciérralos, anda!
Mariana entonces se empina y el joven siente la calidez del beso sobre su mejilla.

Entonces la respuesta del chico no se hizo esperar. Rápidamente enlazó la cintura de la chica, atrayéndola hacia él para luego besarla en la boca, tirnamente primero y apasionadamente después. El pitazo del tren, anunciando la salida, interrumpe súbitamente el embeleso de ambos jóvenes. Ella lo besa nueva y rápidamente antes de subir al vagón justo cuando suena el segundo sonido de alerta a los viajeros.

Mariana entra al compartimiento, coloca el equipaje en el suelo y se asoma a la ventanilla; se despide de Thanos, quien toma su mano hasta que la pesada máquina comienza su avance lentamente para huir rápidamente hacia el sur. La  figura del joven, muy alta, se empequeñece cada vez más en el horizonte ante la triste y llorosa mirada de la chica, hasta perderse definitivamente.

Se avecina el invierno y el frío viento de Viena hace estremecer a Mariana.
Viene del aeropuerto. Ha ido a despedir a su familia que ha vuelto a Venezuela para las Navidades. Soledad y frío son los compañeros de la joven cuando regresa de Schwechat.

REGRESO DE SCHWECHAT
Al abrir la puerta del apartamento, Mariana encuentra  una carta de Thanos. Le anuncia que irá a Viena a pasar las Navidades en su compañía. Le dice que no vio él tampoco a Claudia Cardinale en su reciente visita a Roma ¡Pero que importa -agrega- si voy a ver a Mariana en Viena! La chica lee la carta muchas veces, feliz con la noticia.
La navidad transcurrió hermosa al lado de Thanos. Por las tardes solían ir al Haas Hause a tomar el te y ver caer los cops de nieve sobre la Stefansdom. El comienza a enseñale italiano a Mariana y también un poco de griego. Escuchan el Sirtakis, se reúnen con otros griegos y brindan con ouzo por el año nuevo. Beben Glüwein para entrar en calor. Visitan el palacio de Schönbrunn y pasean hasta la glorieta. Sus pies se hunden en la nieve virgen. Ya en casa Mariana prepara la cena. Thanos la llama "Nikokirula", que él le dijo que en griego significaba "amita de casa". Cenan entre candelabros. Leen los problemas de "El hombre que calculaba", de Malba Tahan.  Otras veces pasan horas sin decirse nada, tomados de la mano. El silencio de las palabras es elocuente cuando la música y las caricias dicen mucho más que un !Te quiero!

Van al cine y ha nevado tanto que ambos resbalan y  se caen a la salida, rodando felices entre la nieve. En otra oportunidad se van a pasar un día en Florinsdorf. Mariana había comprado en una casa de antigüedades una bala de la I Guerra Mundial, y el anticuario le había prometido para la semana siguiente el documento de autenticidad de la bala de cañón. Pero llegan y encuentran cerrado el local, por lo que regresan en tren a Viena.

Así transcurrieron los días felices, entre encuentros, cenas y besos prolongados, hasta su nuevo regreso a Florencia. Triste fue la despedida del amor.

Un día Mariana recibió una llamada de Thanos. Había convencido a unos amigos de conocer Viena en lugar de irse todos de viaje a Ginebra. Esto, claro está, lo hacía para volver a ver a Mariana. Entonces vino un nuevo encuentro hermoso y triste al mismo tiempo que terminó con el regreso de los chicos nuevamente a Florencia,  a la Universidad, a los estudios de arquitectura.

Ella se fue de vacaciones a Venezuela y él a Grecia. Un malentendido llamado Destino terminó todo. El le recriminanó no haberle escrito desde Caracas, y ella le explicó que no tenía su dirección de Atenas. Entonces  quien escribió fue el silencio que expresó sin palabras su desaliento. Mariana regresó a Viena, pero  Thanos no volvió a enviar más cartas.

A finales de año la venezolana regresó a su país, a Venezuela, y tres años más tarde, una navidad Mariana lo recuerda especialmente  con nostalgia. No sabe si Thanos aún vive en el mismo lugar en Florencia o si ha regresado también a Atenas o  si se  ha casado. Y le escribió impulsada por el recuerdo el recuerdo de aquella hermosa navidad vienesa pasada junto a él. Mariana le escribió también a Takis, uno de los amigos con los que había regresado a Viena. Pero sólo  éste le respondió contándole que  Thanos se había casado hacía pocos meses con una chica egipcia.

¿Por qué al escribir  ella intuyó que Thanos estuviese casado? Tal vez él estuviera pensando en ella en ese momento y recordando también la hermosa navidad que hacía tres años habían pasado juntos en la capital austríaca...

Porque de algo sí estoy casi segura y es que Thanos, sea cual fuere el derrotero que hubiese seguido su vida, nunca olvidará los hermosos días pasados en Florencia y en Viena, como no los olvido yo, que soy Mariana.













Caracas, 26 de agosto de 1992.